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La Tierra Hueca III
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Esa intrépida teoría de los centros neutrales o puntos Laya, que desarrolla el concepto de un punto central planetario haciendo las funciones de punto de aplicación cósmico sobre el que rotaría el mundo, tuvo la propiedad de seducirlo al instante. Pero lo que le había costado aún más admitir, era el que pudiera existir un Sol central justo en el mismo centro geométrico del planeta... Aquello le hizo preguntarse si un posible contenedor magnético de una intensidad de campo suficientemente alto, podría contener adecuadamente un núcleo de plasma como para “iluminar” a todo el interior de un planeta. Aunque si alguien hubiera deseado tener un sitio apropiado para ese “contenedor”, nada mejor que el centro de un planeta…

[Sebastián Salado; Las 3 Cabezas del Elefante]

 EL CABALLERO EN EL FANGO

  

    LA TIERRA HUECA (III)

 

 

3. LA TIERRA HUECA

( PARTE  III )

 

 

Aunque a Antonio le había costado digerir este concepto, él había conseguido asimilarlo después de leer acerca de los extraños inventos de John Worrell Keely hacia 1880, en los que llegó a fabricar máquinas que funcionaban con lo que él llamó fuerza etérica. Esa intrépida teoría de los centros neutrales o puntos Laya, que desarrolla el concepto de un punto central planetario haciendo las funciones de punto de aplicación cósmico sobre el que rotaría el mundo, tuvo la propiedad de seducirlo al instante.  Pero lo que le había costado aún más admitir era que pudiese existir un Sol central justo en el mismo centro geométrico del planeta. Esto le intrigó mucho tiempo, hasta que por casualidad leyó un artículo en la revista científica ‘La Recherche’ (Mundo Científico), hablando sobre la experimentación en los nuevos reactores de fusión como el Tokamak y el JET. En ese artículo se contaba cómo actuaba el plasma atómico (tritio y deuterio) que en ellos se crea dentro de unos “contenedores” magnéticos. Aquello le hizo preguntarse si un posible contenedor magnético de una intensidad de campo suficientemente alto, podría contener adecuadamente un núcleo de plasma como para “iluminar” a todo el interior de un planeta. Aunque si alguien hubiera deseado tener un sitio apropiado para ese “contenedor”, nada mejor que el centro de un planeta…

Antonio habría olvidado pronto sus divagaciones sobre un planeta hueco, si no hubiera sido porque su maldita curiosidad lo había llevado a toparse con mucha más literatura sobre el tema de la que él hubiera deseado.

Bulwer Lytton, escritor inglés más conocido por su novela: ‘The Last Day of Pompeii’(Los últimos días de Pompeya), publicó en 1871 un curioso libro titulado: ‘The Coming Race’(La raza que vendrá), en él, cuenta Lytton un extraño viaje al interior de la Tierra, ocurrido a principio del siglo XIX, el viaje comienza en unas minas abandonadas en Inglaterra desde las cuales, y a partir de una galería subterránea secreta, el protagonista de su novela llega a un mundo subterráneo habitado por unos hombres de una mente súper-desarrollada que el protagonista llega a considerar como semidioses, y  que poseen una energía que supera lo imaginable, denominada energía Vrill. 

Según la novela de Lytton, ese mundo fabuloso se denominaba Agharta (otros autores la nombran como Agharti y Agarttha), y su capital Shamballah (Shamb-Allah), se hallaba en el interior de la Tierra. Los antepasados de esos seres procederían de la superficie exterior de la tierra, habiendo encontraron el acceso a su interior tras terribles terremotos y cataclismos en la superficie exterior del planeta. Esta novela se parece “sospechosamente” a la que Jules Verne había publicado en 1864, pero su contenido es muy diferente, en cuanto a la descripción de una raza humana muy evolucionada, mientras que en la novela de Verne, sólo se mencionan las ruinas de la Atlántida... 

La verdad es que en ese siglo hubo una “fiebre” de extrañas historias sobre la cavidad terrestre, incluso algunos  persiguieron al propio Verne acusándolo de plagio por haberles robado sus “brillantes ideas” de una tierra hueca, como ocurrió con un tal Delmas que  le acusó del plagio de su obra: ‘La Cabeza de Minerva’.

Aunque, rebuscando en los viejos baúles, lo que atrajo poderosamente la atención de Antonio fue descubrir aquí, en los EE.UU., y precisamente en Saint Louis  una extraña historia anterior a la publicación del ‘Viaje al Centro de la Tierra’ de Verne…

En 1816 todos los miembros del Congreso de los Estados Unidos, los rectores de muchas universidades y varios letrados y licenciados de varios estados, recibieron una extraña carta. Estaba firmada el día diez de Abril de 1816  en Saint Louis territorio de Missoury  por el capitán de infantería John Cleves Symnes y, se dirigía a los más altos estamentos de la joven nación, en los siguientes términos:

<< Al Mundo Entero,

Yo, afirmo que la Tierra está hueca y es habitable en su interior. Ella está formada por varias esferas sólidas y concéntricas colocadas una dentro de la otra y está abierta en los polos con una apertura en cada uno, situada entre los 12 y los 16 grados. Me comprometo a demostrar la realidad de lo que afirmo, mediante un viaje de exploración al interior de la Tierra, si el mundo acepta ayudarme en la empresa. >>

 

Aunque obviamente, el “Mundo” rechazó la generosa oferta de Symnes, éste popularizó numerosas conferencias y tuvo un gran impacto en la opinión pública de la época e incluso llegó a hacer una modesta carrera política; dejando a su muerte numerosos apuntes y un pequeño modelo de madera de la “Tierra Hueca”, que se exhibe actualmente en la Academia de Ciencias Naturales de Filadelfia.  

La historia en sí, parece extraída del primer capítulo de la novela de Verne, aunque en este caso, la realidad parece copiada de la ficción y no al revés.  Y… buscando más similitudes entre los tres pioneros de la teoría de la “Tierra Hueca”, o al menos los que Antonio conocía, descartando claro está, a los griegos clásicos como Homero -otro “novelista” con mala prensa-, a sus protagonistas de la Iliada y la Odisea y por supuesto, a su famoso Hades, el reino de ultratumba situado en el centro de la tierra. Antonio se topó en todas estas historias con un denominador común, la Masonería, la cual le conduciría a otros muchos e inquietantes descubrimientos…

 

Realmente él no tenía pruebas concluyentes acerca de la pertenencia de Symnes, a algún rito masón, pero no había que ser un “Einstein” para entender que tendría una alta probabilidad de serlo cualquier político americano del medio oeste, habitante de una antigua ciudad colonial francesa como Saint Louis, en una época en que los mismos presidentes de Estados Unidos eran masones, como por ejemplo Andrew Jackson (1832), y en el que los escándalos masones estaban a la orden del día, como el asesinato de William Morgan, un masón que había amenazado con publicar los secretos prohibidos de la Masonería y pereció misteriosamente en el intento de cumplir su amenaza allá por 1821.

Jules Verne, no tiene una filiación masónica conocida, pero su manejo de las claves de la numerología, sus conocimientos muy avanzados a su época y … ¿por qué no? El vivir en el mundo intelectual parisino, el corazón de la masonería europea del XIX, no le hace precisamente un extraño en ese ambiente, por lo general oculto y elitista.

Pero al fin, una prueba irrefutable,  Bulwer Lytton, ¡sí era un masón confeso…! O más concretamente Lytton, aparte de su actividad literaria, era un ocultista practicante de la magia y la adivinación, llegando a ser reconocido como perteneciente a la orden de los rosacruces. Esta orden masónica fue fundada –según se cree- por Christian Rosenkreuz, místico alemán del siglo XVII. Esta orden asegura poseer una antiquísima sabiduría, que fue obtenida por medio de los herederos de antiguas civilizaciones que aún habitan el interior de la Tierra. Un lugar y una sabiduría que guardaba el signo arcano y alquímico encerrado en la palabra VITRIOL, (VISTA INTERIORA TERRAE RECTIFICANDO INYENES OMNIA LAPIDEM), “en el interior de la Tierra, se esconde el verdadero Misterio”. Dicha palabra escondía tanto el arcano como el camino de la iniciación esotérica. 

 

Ese secreto fue guardado en estricta y rigurosa reserva, hasta que Bulwer Lytton descubre esos sorprendentes  misterios al público no iniciado … Pero él no es el único ocultista que aproximadamente en la misma época hace ese tipo de revelaciones públicas, sino que, como impelidos por la misma consigna, los más destacados esoteristas  y gnósticos de Europa escriben libros hablando públicamente de ese secreto, tan celosamente guardado hasta el momento.

Helena Petrovna Blavatsky, fundadora de la Sociedad Teosófica y una de las figuras más importantes del ocultismo de finales del siglo XIX, edita en Londres, en 1888 su  obra: “La Doctrina Secreta”, en la cual se habla de una  Shamballah, “La Isla Sagrada”, que se extiende en la contraparte intraterrena que se refleja en el mundo exterior en una zona comprendida entre las estribaciones del norte del Himalaya, el desierto del Gobi, la meseta de Pamir y el Turquestán. 

En 1898, Samuel Mathers, fundador de la sociedad secreta “Golden Dawn” escribió un manifiesto, afirmando haber recibido la Sabiduría del Segundo Orden, de los Superiores Desconocidos, los avanzados seres humanos que vivían en el interior de la Tierra. 

Posteriormente, la obra póstuma del marqués Saint-Yves d’Alveydre, titulada “La Misión de la India” publicada en París, en 1910, hablaría al mundo de un misterioso centro iniciático intraterreno de nombre Agarttha. Saint-Yves d’Alveydre era la cabeza de un grupo masón y gnóstico muy activo llamado Escuela Hermética de la Iglesia Gnóstica, de la cual también formaba parte el doctor Encause, conocido asimismo como Papus.

 

Hay que diferenciar a dicha escuela gnóstico-masónica, que preconizaba la Cábala y la Sinarquía Teocrática (gobierno de los príncipes eclesiásticos), de los distintos grupos rosacruces y francmasones que pululaban por la Europa del XIX. En especial a los de la orden francmasónica del Rito Egipcio, fundada en París en 1785 por el Conde de Cagliostro, que tan significativo y turbio papel jugó en la Revolución Francesa. 

Antes de fundar su propia orden, Cagliostro perteneció a la secta de “Los Iluminados de Baviera”, inspirada en los “sabatianos”,  o seguidores de  Sabatai Zeví,  un pseudo-mesías que en el XVII propulsó una filosofía gnóstica enciclopedista y subversiva que promulgaba la “santidad del pecado”, una versión no-cabalística del judaísmo que fue considerada como una de las “vías de la mano izquierda” o camino del mal, por su dogma ideológico basado en el lema: “La santidad del pecado”. Y que algunos autores –más o menos interesados- relacionan con los albores de la Revolución Francesa y su consecuencia histórica, la Revolución Rusa.

 

Las sociedades ocultistas –según lo que interpretaba Antonio- se constituían en un variado mosaico de gentes de muy distinta ideología, creencias y métodos, que lo único que tenían de común entre sí, era el ocultismo de sus prácticas y el carácter sectario de sus allegados. En resumen, un "cóctel molotov" de creencias, dispuesto a explotar en cualquier momento. Por todo ello, la coincidencia de distintas sectas con la “teoría del mundo hueco” en el tiempo, es más un acto personal de ciertas figuras aisladas que una postura premeditada y coordinada entre ellas -al menos eso era lo que pensaba después de consultar variada documentación.   

Otro hecho recogido por Antonio, con poca o ninguna relación con los anteriores y de extraordinario parecido al relato de  Saint-Yves d’Alveydre, es el de un explorador ruso llamado, Ferdinand Ossendowski, que en 1924 publicó un libro llamado ‘Bestias, Hombres y Dioses’, en el cual, el viajero cuenta su accidentado periplo entre 1920 y 1921 por el Asia Central y Mongolia en plena disputa entre los cosacos o rusos blancos, los soviets recién instalados en el poder, los chinos y los mongoles, que en las luchas fraticidas de ese decenio determinaron las violentas fronteras de la antigua URSS.

Ossendowski vive durante ese viaje una experiencia muy similar a la narrada por  Saint-Yves d’Alveydre en la ya mítica Agarttha, a la que él llama Agharti. Las dos historias coinciden tan ampliamente que es sorprendente la similitud en la descripción del mundo intraterreno, aunque los detalles relatados en ellas, sí difieren en gran cantidad de aspectos muy significativos.

 

Y así, Antonio llegó a la página en la que los recortes de revistas y apuntes sobre su tema favorito llegan a su punto culminante, al más inquietante y escurridizo para él: La paranoia Nazi sobre la “Raza Superior” y su pretendida “alianza” con los seres del Agharta.

La historia del Nazismo está muy relacionada con las logias y sociedades secretas, y su líder Adolf Hitler es un buen ejemplo de ello. Hitler nace en Braunau-am-Inn (Austria) en 1889, en 1899 él quiere ser sacerdote e ingresa en el coro de la abadía benedictina de Lambach, y allí precisamente, conoce a unos extraños personajes que marcaría su infancia y juventud. Todos ellos estuvieron en gran medida influenciados por el propio abad, un hombre carismático llamado:  Théodorich Hagen

El abad Hagen, experto en las ciencias ocultas y la astrología, había viajado por los lugares más significativos de la Primera Cruzada siguiendo los pasos de los caballeros del Temple, de los cuales se sentía heredero. A su regreso a Lambach en 1868, hizo esculpir en la abadía un gran número de cruces gamadas. La svástica, el símbolo y emblema del Agharta, un símbolo eminentemente de carácter mágico, que estaba muy extendido por todo Oriente, pero que en Occidente, sólo había sido conocido y utilizado por los caballeros templarios.

 

Uno de los personajes que más marcaron al joven Hitler fue Adolf Joseph Lang, un monje cisterciense que visitó la abadía de Lambach, cuando Hitler era aún alumno de ella, y que recopiló las enseñanzas del padre Hagen sobre la Raza Pura, las cuales estaban contenidas en los libros reunidos por Hagen treinta años antes y traídos de Oriente.

Adolf Lang funda en Viena en 1900 la Orden del Nuevo Temple, proclamándose gran maestre y heredero de Jacques de Molay, el último gran maestre del Temple, quemado vivo en Paris en 1314. 

En 1905 funda el periódico Ostara, cuyo emblema era la cruz gamada y que fue el primer  medio conocido de propaganda de la ideología fascista. Las ideas de Lang coincidieron totalmente con las del fundador de otra orden hermética, el barón Rudolf von Sebottendorf. 

Sebottendorf creó la Orden de los Germanos, o Sociedad de Thule, fundada en 1912, que preconizaba la existencia de una tierra misteriosa llamada Thule, situada en las cercanías del Polo Norte, la cual, era la morada de una Raza Superior de poder ilimitado que habitaba una tierra cálida situada en el mismo polo. Esa tierra, antiguamente había sido conocida como Hiperbórea y descrita por Piteas de Massalia, hacia el año 330 a.C. 

 

Antonio no tenía la menor duda de que ésta se trataba de la misma Agharta, mejor dicho, de una de sus aberturas en los polos, por las que la tradición decía que se accedía al interior de la Tierra Hueca. 

A poco que las dos sociedades se aproximasen, se darían cuenta de que hablaban el mismo lenguaje y sobre las mismas cosas. Y así fue…

En 1933, con gran sigilo, se crea en Berlín una sociedad secreta llamada “La Logia Luminosa” o “Sociedad del Vrill” vinculada estrechamente a los  teosóficos y a los rosacruces seguidores de Christian Rosenkreuz, pero en total oposición y enfrentamiento con otra logia “iluminada” de signo opuesto: Los “Illuminati” o “Iluminados de Baviera”, los francmasones seguidores de Cagliostro que practicaban el Rito Egipcio y las doctrinas judías de Sabatai Zeví, aquellos que habían alentado en secreto las revueltas populares, desde la Revolución Francesa hasta la de los bolcheviques…

Como ahora podía apreciar Antonio, las dos sociedades ocultistas realizaban entre ellas y en la sombra un pulso teúrgico que continuaría en un enfrentamiento mágico y sangriento. Rosacruces de ideología aria y francmasones de ritos semíticos, lucharon entre sí en las tinieblas, culminando sus crueles divergencias en la persecución y exterminio por parte de la cúpula Nazi, de todo judío, rojo o francmasón que pudiese ser atrapado, tanto dentro como fuera de Alemania. 

La lucha oculta y encarnizada de dos elites mágicas y antagónicas propiciaron uno de los mayores genocidios conocidos por la historia, el cual afectó a millones de personas que al margen de esas discrepancias, fueron conducidas al matadero en los campos de exterminio nazis sin la menor causa aparente.

 

Antonio veía ahora, a través de sus apuntes, cómo la sociedad secreta de la Logia Luminosa, o cualquiera que fuese su nombre real, era la base ideológica y política que sustentaba al partido Nacionalsocialista alemán. El partido Nazi, no fue nunca más que una mera tapadera, un instrumento a ser utilizado y desechado en el momento en que no fuese útil. De igual manera, el conjunto del pueblo alemán así como todas las nacionalidades europeas o mundiales, no eran más que meras piezas de ajedrez totalmente prescindibles que debían ser sacrificadas con un único objetivo: ‘La obtención de la Superfuerza o energía Vrill, que poseían los superhombres del reino intraterreno de Agharta’.

Vaya…Vaya… -Se dijo Antonio medio adormilado- esta “Superfuerza”, se parece cada vez más a la que  Paul Davies preconiza en el libro del mismo nombre… Pero ¿No estaré exagerando un poquito? Estoy cansado y nervioso… -manoseó distraídamente los recortes de revista y fotocopias sueltas de libros que tenía en la carpeta “secreta”, aunque, enseguida  continuó su lectura con el ánimo que da la curiosidad mal contentada.

 

Karl Haushofer, miembro de la Orden Rosacruz y de la nueva sociedad secreta recién constituida en Berlín, sería el mago, el maestro del nazismo, el “amo oculto” como fue conocido por sus prosélitos. Él, junto con el poeta Dietrich Eckardt y  con Alfred Rosemberg, mostró al “Führer” la “Doctrina Secreta”. Éstos hombres le aseguraron poder conseguirle los medios para comunicarse con “Ellos”, para lo cual, decían estar en posesión de una parte de los secretos de la antigua Thule. 

El mismo Haushofer mostró al  “Führer” el libro de Lytton, el rosacruz inglés que había publicado en 1871 el libro acerca de la nueva raza que surgirá del Agharta para poseer la Tierra. El libro fue presentado a Hitler como un libro hermético que contenía antiguas enseñanzas rosacruces disfrazadas de ciencia-ficción. 

 

Los esbozos generales de la taumaturgia nazi, empezaron a tomar cuerpo, creando una filosofía megalomaníaca y obsesionada con la supremacía de la “Raza Aria” y la consecución de fuerzas secretas que les posibilitasen entrar en el “círculo” de los dioses y la contingencia de “codearse” con ellos, penetrando en las entrañas de la Tierra donde se encuentra la civilización superior de Agarttha. 

La raza aria pues, era para los nazis, el eje de la humanidad, una raza “elegida por los dioses”, que procedía del interior del planeta, emergiendo a la superficie en una región imprecisa del desierto del Gobi, desde donde habría venido como heredera y señora del mundo exterior. Por tanto, esa raza debía volver a sus orígenes, alcanzar las fuentes de su poder y superioridad mental, para así, concluir cerrando el círculo de su peregrinación por el exterior planetario y asumir entonces, por derecho propio, el cetro y la corona de un mundo que existía por y para ella.   

 

Haushofer había viajado por Asia Central recogiendo las tradiciones que hablaban acerca de un mundo subterráneo bajo la cordillera del Himalaya, llegando al convencimiento de que Agharta existía de verdad, un mundo constituido por sabios que tenían su capital en Shamballah, la cual se hallaba en el centro de la Tierra y cuya abertura de entrada se encontraba en algún lugar entre la meseta del Pamir y el Tibet.

Por si esto fuera poco, el antiguo guía de Hitler, Joseph Lang, había escrito una profecía en la que se exaltaba el rito de Odin-Wotanel, la cual decía lo siguiente: 

<< Llegará un día en que los Ases reconquistarán la ciudad santa de los arios, Asgard y la tierra de los antepasados, el Cáucaso, dominado por la montaña mágica de Elbruz, la montaña que contiene encallados, los restos del Arca de Noé. >>

 

Odin-Wotanel, era el dios nórdico que reinaba sobre los Ases, asentados en una vasta región cuya capital, Asgard, el propio Lang situaba cerca de la ciudad de Stalingrado.

De ésta manera, poco afortunada, la ciudad de Stalingrado se convirtió en un doble objetivo prioritario para las SS y por lo tanto, para todo el ejército alemán. Por cuanto que el camino entre Berlín y el Tibet pasa, además, por esa infortunada ciudad.

Esa obsesión enfermiza por la consecución de las metas arcanas, por encima de las condiciones tácticas materiales, e incluso, a desprecio de las bajas humanas y costes estratégicos que ello pudiera acarrear, le costó a Hitler su primera derrota militar y el punto de inflexión que posteriormente terminaría dando la vuelta al transcurso de la guerra.

 

Sin embargo, cualquiera que piense que Hitler simplemente estaba influenciado por un ambiente sobrecargado de una taumaturgia masónica barroca, está totalmente  equivocado, él era en realidad el espíritu y el centro del mundo oscuro que reinaba a su alrededor.  

Hitler era un ser realmente poseído por un diablo. Su biógrafo Gauleiter de Danzing afirmó haber visto al Führer en su habitación con la mirada perdida, jadeando, sudando copiosamente y con los labios azules, mientras repetía palabras desconocidas, frases cortadas e indescifrables. Después del trance, Hitler narraría a sus oyentes:

<< ¡Es él! ¡Él ha estado aquí…! ¡El hombre nuevo está ya entre nosotros! ¡Existe! He tenido la visión de un hombre nuevo y formidable, intrépido y cruel. Ante él me he acobardado… >>

 

Sus asustados ayudantes le dieron unos masajes y le hicieron tomar tranquilizantes pero fuera de sí, recaía en sus visiones y chillaba:

<< ¡Allí, allí!¡En el rincón!¡Allí está…! >>

 

Hitler recaía endémicamente en esas aterradoras visiones, despertándose a veces en plena noche, gritando convulsivamente y en un estado tal de histeria que le hacía temblar agitando la cama y pronunciando frases incoherentes en extrañas lenguas.

Pero cuando estaba sereno, Hitler era temido y considerado como el único y auténtico ‘mago maestro y sumo sacerdote de los misterios nigrománticos del Nazidom’.

Cuando los rusos entraron en Berlín en 1945, encontraron entre las ruinas humeantes de la ciudad, los cadáveres de seis hombres de rasgos orientales tumbados formando un círculo alrededor de otro cuerpo, en una postura ritual que parecía indicar un suicidio colectivo. Esos hombres y otros muchos que fueron apareciendo en distintos edificios, fueron identificados como tibetanos. 

Las evidencias de rituales mágicos y hechos extraños durante la Alemania de Hitler son muchas y muy variadas. 

 

Antonio leía ahora las fotocopias sueltas de un capítulo del libro de Michael Ende, titulado “La prisión de la libertad”. En dicho libro, el doctor Joseph Remigius Seidl narra un extraño acontecimiento vivido cuando él era niño en su localidad natal, Feldmoching, por aquel entonces un pequeño paraje a las afueras de Munich en el que existía una extraña casa en un bosquecillo cercano y apartado discretamente de la gran urbe. 

Por circunstancias fortuitas, él y su hermano entraron en contacto con el insólito edificio, que el propio doctor Seidl definiría como: ‘un extraño edificio que daba la impresión inexplicable de hiperdimensionalidad, como un pisapapeles agrandado al tamaño de una casa’.

El edificio consistía en un pequeño palacete de estilo neoclásico y de sórdido aspecto, típico de las dictaduras de mediados de siglo, el cual, estaba constituido por cuatro fachadas idénticas recubiertas de travertino y enmarcadas en un pórtico encolumnado que recorría toda la casa por completo. Cuatro puertas de oscura madera de roble con la sempiterna esvástica nazi, una en cada fachada, flanqueaban la extraña construcción que poseía, además, ventanas estrechas y alargadas de aspecto similar al de troneras y unas hornacinas regularmente distribuidas, conteniendo en ellas, esculturas de mármol de una heroicidad obscena.            

 

Joseph y su hermano entraron incidentalmente en la casa, descubriendo que tan pronto entraban por una puerta salían por la opuesta, desapareciendo al entrar en una "nada" inexplicable que era constituida por una oscuridad total que envolvía a cualquier objeto o persona que penetrase en ella como una negra cortina adimensional que reinaba en su interior, como un denso y opaco vacío, un espacio oscuro y sin volumen. 

La persona que entraba, salía instantáneamente por la puerta opuesta con una ominosa sensación, que sólo se podía definir como el contacto con el mal absoluto, algo sin relación alguna con Dios y el mundo, que no tenía razón de ser pero que, sin embargo… ¡existía ante sus ojos!!! 

La casa no tenía interior “existía” solamente por fuera. En diversas ocasiones, espiando a los extraños visitantes de la casa, con una desatada curiosidad juvenil, los dos hermanos observaron atónitos que aquellos seres ¡entraban realmente en ella desapareciendo en su interior!

Los extraños visitantes, eran todos ellos gentes relacionadas con el círculo secreto que actuaba entorno a la viuda del general de la SS, Ludendorff; y según todos los rumores populares, preparaban el advenimiento de una raza de superhombres del interior o del fondo de la Tierra. Entre ellos, había notorios miembros del entorno del Führer que visitaban diariamente a Hitler cuando se aposentaba en el castillo de Landsberg.

 

En 1944, debido a los devastadores ataques aéreos sobre Munich, varios automóviles llegaron enfrente de la casa y de ellos descendieron diez o doce personas, algunos con uniforme y distintivos de alta graduación y otros de paisano, que penetraron en la extraña mansión para no volver a salir de ella.  Los automóviles permanecieron vacíos a la entrada de la casa hasta que varios días después una bomba hizo blanco en el entorno del palacete, destruyéndolo por completo. Pero lo realmente sorprendente, es que testigos presenciales afirmaron que la casa no saltó por los aires, sino que “fue succionada hacia el interior de la tierra”, sin dejar rastro ni escombro alguno.

Entre los que entraron en la casa había dos altos cargos del régimen nazi desaparecidos desde entonces…

 

¿Cómo y donde fueron a parar éstos y otros altos cargos del III Reich…?

Antonio había rebuscado en revistas y documentos de la época, hasta encontrar los recortes que ahora tenía entre las manos, en los que aparecían las extrañas desapariciones y expediciones de los nazis por todo el globo terráqueo, buscando lo que constituiría la gran obsesión oculta de la cúpula nazi. 

Seleccionó uno de los casos que más le habían sorprendido:

El capitán alemán de navío Ritscher, del almirantazgo del III Reich realizó entre los años 1938 y 1939 una expedición a la Antártica denominada “Schwahenland”. La expedición de Ritscher fue la primera en establecer bases científicas de observación en el interior del continente Antártico, y una de las mejores equipadas de su época. Esa base, curiosamente, fue mantenida sin motivo aparente hasta el final de la guerra.

Los alemanes, al igual que americanos e ingleses, antes y durante la Segunda Guerra Mundial realizaron una frenética carrera por la exploración exhaustiva de los dos polos. Aunque Antonio sospechaba ahora que todos ellos, secretamente, buscaban en realidad una misma cosa: ¡Las aberturas polares hacia la Tierra Interior!.   

Lo más curioso de todo fue el extraño anuncio del Almirante alemán Karl Dönitz, comandante en jefe de la marina de guerra alemana, quién en 1943, pocos años antes de finalizar la guerra, hizo la siguiente declaración: ‘La flota submarina alemana está orgullosa de haber establecido un paraíso terrestre secreto, una fortaleza inexpugnable para el Führer en algún lugar del mundo’.

Para rematar el extraño rompecabezas de submarinos alemanes realizando viajes inusitados, los cuales, nada tenían que ver con las operaciones de guerra, hay que referirse a otro suceso interesante y poco conocido que demuestra el insólito aspecto del enigma nazi. 

Éste es el caso de dos submarinos alemanes que se encontraron perdidos y sin armamento en el Mar del Plata en Argentina, en 1945 poco después de finalizada la guerra en Europa. Los submarinos eran comandados por dos capitanes de veinte años y sus tripulaciones la constituían jóvenes de entre diecisiete a diecinueve años.

Interrogados por los americanos, declararon que ellos formaban parte de un convoy de submarinos que se dirigía a la Antártida, a las tierras de la “Nueva Suavia”, un oasis de clima templado en el polo sur que constituiría la entrada al mundo intraterreno.

 

Paradójicamente, fueron dos americanos quienes a principios del siglo XX realizaron dos teorías científicas sobre un modelo físico de una Tierra Hueca. Ellos fueron: William Reed, quién en 1906, fue el primero en presentar su libro: ‘Phantom of the Poles.’  Catorce años después, en 1920, otro americano llamado Marshall B. Gardner, publicó un libro titulado: ‘A Journey to the Earth's Interior – or - Have The Poles Really Been Discovered?’

Parece ser que Gardner no conocía la historia de Reed, pues su bibliografía sobre los libros en los que se inspiraban sus teorías, se basaban en los viajes de exploración más memorables realizados en la época y diferían en títulos y obras reseñadas. Aún así, ambos llegaron a las mismas conclusiones y a una misma teoría física sobre de la viabilidad de la existencia de unos vórtices magnéticos polares que constituían verdaderas simas en las cuales se podía andar alcanzando por la ley de gravedad el interior de la corteza terrestre que ellos estimaban en unas 800 millas de espesor y… ¡Qué curioso! Una distancia muy parecida a los 1.300 kilómetros que afirmaba Lobsang Rampa…  

Esas simas estarían, además, ocultas al estar permanentemente cubiertas por tormentas de nieve debido a los fuertes vientos reinantes y al vapor de agua expelido desde el interior. 

 

Gardner, a diferencia de Reed,  sí creía en la existencia de un sol central, tal como sostendría Lobsang Rampa años después. Aunque pueda parecer evidente la posible confabulación de estos autores, la verdad es que los libros desaparecieron de la circulación “extraña” y rápidamente, siendo incluso amenazado anónimamente cualquier editor que quiso volverlos a publicarlos de nuevo. De hecho, de no ser por el Dr. Raymond Bernard, quién los rescató y dio a conocer nuevamente en su libro: ‘The Hollow Earth’ publicado en New York en 1964, esos libros se habrían perdido para el gran público. Pero esto le costó al propio Dr. Bernard ser, así mismo, perseguido en EE.UU., teniendo que huir a Méjico y con posterioridad a Sudamérica, donde desapareció finalmente…

 

   

  

 

 

   

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Publicación: Septiembre 2004. Última modificación: 16 de Febrero 2013.