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En su última tarea, había formado parte de la tripulación de una nave sistémica que comandada por los Hermanos de Júpiter, controlaba la perturbación rotacional oscilante del planeta Tierra. Hace tiempo que la jerarquía planetaria, había detectado una perturbación de fase en la magnetosfera terrestre que afectaba fundamentalmente al balanceo del eje magnético de la misma. Posteriormente estudios más detallados mostraron una grieta progresiva en el anillo magnético-esférico que indicaba un desfase en el núcleo ígneo-cósmico del sol central del planeta.
[Sebastián
Salado; Las 3 Cabezas del Elefante]

LA CRUZ DE HIELO

LAS SALAS DE Târâ
(I)

8.
LAS SALAS DE Târâ
(
PARTE I )
Las imágenes cuadri-dimensionales
que fluctuaban en la gigantesca esfera energética comenzaron a desvanecerse,
dentro del ciclópeo edificio con forma de omega (W)
en el centro de la ciudad de Haya,
el actual centro regente intra-planetario de Aïshah,
la Luna. Mientras, las notas musicales y los sonidos que acompañaban a
la proyección akáshica aún sonaban en el espacio transmitiendo información a
los silenciosos espectadores. Cuando finalmente estos sonidos dejaron de existir
una amalgama de números y signos que se proyectaban en paralelo sobre la cúpula
de la esfera comenzaron su lento declive, sólo para dejar paso, poco después,
a unas series cortas de Hierogramas Sagrados que en lengua Irdin transmitían
una acción de gracias al Supremo Hacedor por la experiencia recibida.
Y fue
en ese mismo momento cuando todos los asistentes como un solo hombre se pusieron
en pié y vocalizaron los sagrados signos teúrgicos entonando una melodiosa
sintonía cromática vocal que inundó todo el recinto:
<< Samâna Sivutuama, Samâna, Samâna, Samâna.
>>
Y repitiendo el Mantra de
unión con la Jerarquía Cósmica por tres veces, se dio por terminada la
asamblea de bienvenida que Iaô,
el Regente Lunar, había ofrecido a las nuevas entidades de la federación recién incorporadas a
la órbita planetaria.
Arânah permanecía
inmóvil en el inmenso anfiteatro donde él ahora se encontraba. Poco a poco, su
consciencia penetraba en el
laya cósmico, y ante su mente se perfilaba una
inabarcable serie de puntos de su realidad nodal, que en el tiempo y en el
espacio se perfilaban ante él como las infinitas figuras que se obtienen al
situarse uno entre dos espejos contrapuestos. Podía verse a sí mismo ahora, en una
sucesión de figuras que le representaban en todos los puntos laya en los que se había polarizado en el pasado
y en los que probablemente se polarizaría en su futuro relativo.
El
futuro relativo de un ser de quinto nivel, no es más que un estado peculiar de
la dimensión temporal del entorno cósmico con el que sus cuerpos sutiles inter-actúan,
pues su mente es libre de elegir el estado cuántico de sus átomos sutiles y
proyectarse sobre la dimensión temporal apropiada para el cumplimiento de su
tarea evolutiva.
Arânah polarizó
entonces, las dimensiones espacio-temporales de sus átomos con las de la figura
sedente que se presentaba ante él en el espejo mental, justo detrás de la
posición que ocupaba en ese instante en el núcleo Laya
del intervalo consciente.
Arânah, en su nuevo núcleo Laya
seguía mirando al centro de su Mónada,
el gran arbusto ígneo que ardía
delante de él con un fuego cegador. Continuando su meditación penetró en el
centro del arbusto observando como giraban las Tres Manzanas de Oro en el
interior del arbusto en llamas. Laya
habría sus puertas y las Tres Manzanas de Oro giraban a su alrededor hasta
adaptarse a los tres núcleos donde se situaban sus centros cósmicos. Las formas ígneas del
Arbusto de Fuego Cósmico formaban en su derredor un enjambre de ramas finas y
terminaciones que a imagen de un gigantesco coral, le rodeaban completamente.
El coral asemejaba por momentos la forma de un
cerebro. Arânah se concentraba ahora en cada
detalle, en cada rama y en cada quiebro en el entramado. Profundizaba más y más
en los detalles y contemplaba como la forma de cada minúscula porción,
reconstruía la forma del conjunto. Él viajaba atravesando dimensiones e
universos en pos de una figura infinita que se repetía a sí misma, un arbusto
bulboso y cegador lo cubría todo como en un caleidoscopio cósmico en el que
los poros de las más minúsculas ramas repetían la línea quebrada y oscilante
que definía el patrón exterior del conjunto. Arânah,
reconoció de inmediato al Huevo Cósmico y su Centro.
Llegado a un punto la forma
comenzó a cambiar, sólo para multiplicarse a sí misma. El Arbusto Monádico
se fracturó por la mitad para dejar paso a una nueva figura Fractal, de igual
estructura que la anterior, que ocupó su centro. Y junto con las dos mitades
que se habían abierto, se reconvirtieron a la vez en tres arbustos que se
fundieron en uno completo. Por un momento parecía que la figura Fractal cambiaría
al fin rompiendo su eterna réplica, cuando otros dos arbustos surgieron por su
parte inferior equilibrando nuevamente la figura en un Pentágono bulboso de un
aspecto idéntico al árbol originario.
<<
El Dos es la base del Tres que define el Cinco… >>
Así, el Cinco
se constituye como el difuminado y bulboso pentágono inicial anterior a su
transformación. Sin embargo, en lugar de estabilizarse, el Arbusto de Fuego Cósmico
inició de nuevo otra transmutación y proyecto cuatro nuevos bulbos que
fracturaron su superficie superior, y uno nuevo en el área inferior, creándose
estas cinco nuevas protuberancias en las áreas cóncavas de su granulada
superficie. Fue en este momento cuando finalmente paró su transformación
quedando estabilizada la figura en un Dodecaedro:
<<
Siete son arriba y Cinco son abajo, siendo Tres en el Centro… >>
El Árbol del Ser de Dos Caras o Regente Avatar, cubrió todo el núcleo
consciente de Arânah, quién aún miraba al gran arbusto ígneo que
ardía a su alrededor, como si se tratase de una galaxia.
De igual
forma que el plano mental cósmico posee Tres niveles, con Tres subdivisiones
cada uno; el plano astral cósmico posee Cinco niveles, con Cinco subdivisiones
y el plano físico cósmico posee Siete niveles, con Siete subdivisiones cada
uno. Los niveles se superponen unos a otros como las capas de una cebolla, como
las órbitas de los electrones en el átomo, de manera semejante a la forma que
adoptan los
planetas en un sistema estelar o los núcleos de nebulosas y estrellas en la
galaxia. Cada órbita, cada electrón reverbera y vibra en una frecuencia
enmarcada en las normas de la simetría, dirigidas por leyes estrictas e
inamovibles que solo pueden alterarse desde planos de conciencia más elevados.
Los Siete
niveles del plano físico cósmico ocupan el centro del Huevo: El más denso, el
Plano Físico es su núcleo, le sigue el nivel Etérico-Físico y abriéndose
desde la parte más interior hacia la exterior los otros niveles como el Etérico-Astral,
el Mental-Astral, el Intuitivo, el Espiritual, el Monádico y por fin el Divino.
Pero éste último no es el final, sino el principio del siguiente plano, el
Plano Astral Cósmico con sus cinco subdivisiones y más allá aún se abre el
Plano Mental Cósmico, el cual consta asimismo de sus adicionales tres sub-niveles.
En el
sistema solar, así como en la estructura del átomo,
los niveles materiales más densos se hayan distribuidos desde su centro
hacia el exterior, considerando, por tanto, la densidad material máxima en el núcleo
del sistema, pero la paradoja se desarrolla cuando consideramos que el material
constituyente del núcleo solar o sistémico, es el hidrógeno, que es a su vez
el cuerpo más sutil del universo físico;
la analogía es también aplicable al sol interior de cada astro. Esta simetría
de equilibrio es, así mismo, representada por el Regente Monádico, que se
superpone de esta manera a la estructura del universo manifestado.
El Regente Avatar representa la misma
estructura que el universo manifestado, 7, 5, 3 y 1 pero invertida, es decir,
situando los núcleos densos secuencialmente de fuera hacia dentro en secuencia
1, 3, 5 y 7.
El centro del Regente Avatar representa, en un lado, la
existencia en el universo-antimateria que sostiene a su vez, en el otro lado, al
universo-materia que puede ser definida como diversos vórtices de energía que
vibran en diferentes frecuencias, pero siempre en una dirección que determina
su visibilidad o manifestación como vida evolutiva.
Detrás del espejo, al otro
lado y unida a cada uno de esos vórtices hay otra vida, una corriente energética
que sigue un sentido inverso, el sentido de la supra-evolución, la cual,
transciende a la evolución manifestada.
Cualquier partícula en el
universo material está relacionada con un núcleo que le corresponde en el
universo anti-material, siendo el contacto permanente entre la partícula
esencial de un plano de consciencia y su correspondiente anti-partícula lo que
forma el constante flujo de energía entre los dos universos, y ésta es la
causa directa de la existencia del plano manifestado. Al alterar la frecuencia o
la dirección de cualquiera de los vórtices de energía de una partícula con
respecto al patrón común de una región en el espacio-tiempo, dicha partícula
se desplaza -o mejor dicho se reajusta-, a través del universo material al
punto del espacio-tiempo que corresponde a las nuevas coordenadas establecidas,
lo que proporciona a la partícula un desplazamiento en el espacio, en el
tiempo, o incluso a otros planos de consciencia.
Éste había sido precisamente el medio utilizado por
Arânah para desplazarse al nuevo
punto espacio-temporal en el que se encontraba ahora conscientemente.
Ante él, un sol de gran
potencia, aunque de proporciones modestas bañaba con su fulgurante luz un
hemiciclo abierto, de forma similar a
una “U”, parecido al edificio sutil desde el que se había desdoblado, allá
en la Luna, pero de dimensiones mucho más reducidas.
Este nuevo hemiciclo era muy diferente al anterior,
pues tenía forma elíptica y no formaba la letra omega ”W”, como en el anterior templo de Haya. Aunque el nuevo edificio sí poseía también
una abertura en el eje mayor de la elipse, justo en el extremo opuesto al que Arânah se encontraba. Sin
embargo, mirándolo mejor sería más preciso decir que en dicho extremo, el
edificio sufría una reducción tan rápida en altura que se podría confundir fácilmente
como una abertura al exterior.
Arânah
conocía perfectamente la composición y características de los edificios de
cuarta dimensión, observando con cierta admiración el desierto abrasador que
se adivinaba detrás de los muros de la ciudad en la que se encontraba. Todos
los edificios de la ciudad tenían una puerta hacia el “jardín interior”,
que era precisamente el recinto en el que ahora se encontraba. A este jardín se
abrían todas las puertas traseras de todas las moradas de ‘La Ciudad en Medio
del Desierto’; y un sin fin de terrazas de agradable vegetación cubrían las
paredes del perímetro escalonado, aportando una agradable sensación de frescor
ante el abrasador sol de justicia que se derramaba sobre la ciudad.
Pero Arânah no solo disfrutaba mentalmente del agradable baño
reparador de energía que estaba recibiendo apaciblemente por medio de sus
cuerpos sutiles, sino que sus pensamientos estaban centrados en el ser que vendría
a recibirle de un momento a otro...
Al sentir su presencia en la estancia interior, Arânah giró su atención hacia
dicha estancia, y al instante se encontró en una agradable habitación de
piedra maciza, en la que un ser le esperaba de pié apaciblemente, como si eso
mismo es lo que hubiera estado haciendo durante toda una vida.
-
Gracias por atender tan prontamente mi ruego, confío
que tus múltiples tareas no hayan sufrido ninguna merma por tu rápida
respuesta a mi llamada. La realidad es que había esperado este momento desde
hace mucho tiempo. – Saludó Arânah
mentalmente a su interlocutor.
El otro ser pareció vacilar un
momento, pero finalmente contestó mentalmente con tono discreto y un comedido
nivel de humildad, como correspondía a la ocasión.
-
Señor, he sido informado por mis superiores jerárquicos
que debo de acompañar las tareas evolutivas que sean requeridas bajo su guía y
responsabilidad, para el mayor bien del plan evolutivo de aplicación en éste
humilde planeta.
Atmah,
que era quién se había expresado mentalmente en último lugar, se encontraba
un poco azorado, no por encontrarse delante de un Hermano Mayor de las
Estrellas, un maestro de quinto nivel de grado jerárquico; si no porque una
extraña sensación de familiaridad había envuelto el ambiente de su entrevista
desde el primer momento.
Atmah
había tenido ya múltiples experiencias con los Hermanos de las Estrellas e
incluso había trabajado con ellos en varias misiones, fundamentalmente en
labores de carácter científico y de soporte. Pues ésta había sido su
principal ocupación desde que dejara, hace tiempo ya, su querida ciudad de Shamballah, actuando hoy desde su cuerpo sutil como iniciado de tercer grado.
En su última tarea, había
formado parte de la tripulación de una nave sistémica que comandada por los
Hermanos de Júpiter, controlaba la perturbación rotacional oscilante del
planeta Tierra. Hace tiempo que la jerarquía planetaria, había detectado una
perturbación de fase en la magnetosfera terrestre que afectaba fundamentalmente
al balanceo del eje magnético de la misma. Posteriormente estudios más
detallados mostraron una grieta progresiva en el anillo magnético-esférico que
indicaba un desfase en el núcleo ígneo-cósmico del sol central del planeta.
Pero lo
que realmente preocupaba a los maestros planetólogos de Júpiter era la
cavitación planetaria de la Tierra y la creación de una mancha negra en la
calota polar que son signos evidentes de la desestabilización del planeta. La
causa principal de la misma eran las pruebas atómicas realizadas por los
humanos de superficie y el funcionamiento de las usinas nucleares que afectaban
negativamente al equilibrio etérico del
núcleo ígneo-cósmico del sol central planetario.
Cuando un planeta no sigue su
ritmo evolutivo, entra en desarmonía con todos los que viven dentro de la misma
ley solar, y así al igual que un órgano enfermo hace enfermar al cuerpo
entero, un planeta enfermo hace que todo el sistema solar se enferme.
Como consecuencia, dos
gigantescas naves de acoplamiento acompañaban las oscilaciones del polo magnético
terrestre en su cabeceo para evitar
que éste entre en resonancia magnética y se produzca antes de la fecha
designada el vuelco del eje magnético terrestre a su nueva posición de
equilibrio, lo que afectaría también a la órbita planetaria y al conjunto de
los planetas del sistema solar.
Atmah
recordaba el trabajo mental que exigía el control del núcleo rotacional
que constituía el monopolo magnético de la nave durante su reciente etapa de
tripulante científico en una de las dos naves de acoplamiento
Jupiterianas.
Él había ingresado en la
dotación de la nave de cuatro dimensiones habiendo dejado previamente su cuerpo
físico de tres dimensiones en una de las criptas de mantenimiento biológico de
la antigua ciudad de Agarttha, pero hacía tanto tiempo
de eso, que realmente no echaba de menos ya su viejo cuerpo material.
La
nave en la que había servido era una magnífica obra que ejemplarizaba las
leyes de la Simetría Cósmica. El campo magnético que la circundaba era un
potente sincrotón de energía que podía sintonizarse perfectamente con el polo
magnético terrestre e incluso realizar precesiones del mismo con una exactitud
milimétrica. Al contacto con la ionosfera terrestre, la nave desprendía un
brillo intenso durante la fase de aceleración energética de la envoltura magnética
de la misma, pasando del rojo al azul y por último al blanco brillante; punto
en el que desaparecía a toda observación tridimensional.



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