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Pero lo realmente horrible comenzó al descender hacia lo más bajo del abismo, en este punto Atmah creyó percibir un río interminable de sustancia viscosa que fluía lentamente por el fondo del barranco; parecía como si el lodo que se desprendía de las alturas fluyese transformado en una costra de espuma grisácea y sucia que tuviese vida propia. Al descender más aún, se veía claramente que dicha costra no era otra cosa que unos “seres gusano”, sumidos en el lecho de fango, pululando sobre la negra superficie como una masa informe que infectaba hasta el mórbido fango en el que se regodeaban.

[Sebastián Salado; Las 3 Cabezas del Elefante]

  EL LEÓN DE PLATA

  

   LA GRAN SALA DEL AGRA-SANDHÂNÎ (II)

 

 

3. LA GRAN SALA DEL AGRA-SANDHÂNΠ

( PARTE  II )

 

 

Atmah abrió los ojos justo en el momento en que la Dakini Roja estaba a punto de degollarle con su cuchillo curvo, y aunque el horror era incontrolable, tuvo la sangre fría de repetir en voz alta el Mantra sagrado de seis sílabas:

-         ¡ Om Manipadme! ¡ Hum!- Y lo repitió por tres  veces...

 

En lugar de las terribles Dakinis, las Tres Luces brillaba ahora sobre él iluminando el desolado paisaje. Atmah pensó en el significado del poderoso sonido de las Seis Sílabas:  

¡ Om Manipadme! ¡ Hum! Cuyas sílabas mágicas forman la gran ciencia del Aum y son consideradas como el gran medio de liberación. Om, cierra la puerta del renacimiento entre los dioses. Ma, entre los dioses celosos o titanes. Ni, en el pensamiento. Pad, entre las criaturas subhumanas. Me, entre los espíritus hambrientos y Hum, entre los habitantes de las tinieblas. 

El poderoso Mantra, según refiere la ciencia del Aum u Om como también se la conoce, significa: ¡Oh, mi Dios en Mí!. Haciendo referencia a la indisoluble unión entre el hombre y el universo, entre el hombre y el germen divino que éste alienta en su interior. 

Este Mantra no solo despertará a las Potestades menores de los elementos, sino que vigorizará la unión del ser con el Yo superior o Mónada. Todo sonido pone en acción una fuerza oculta de la naturaleza que se concreta en un color, un número y una sensación en uno u otro plano del mundo visible e invisible…

  

Según pensaba esto, las Tres Luces que brillaba sobre él comenzaron a levantarlo del frío suelo embarrado por encima del paisaje de pesadilla en el que había estado sumido. Atmah pudo entonces meditar sobre la extraña experiencia que había padecido. El cuerpo que él poseía ahora era un cuerpo mental hecho de tendencias y, aunque lo hiriesen o cortasen en pedazos, no podría morir. Como en realidad su naturaleza era ahora el vacío, no debería, por tanto, tener miedo a los Señores de la Muerte que surgían también de sus propias radiaciones mentales. Pero entonces... ¿Porqué se había dejado llevar por el pánico en el encuentro  con los Sheu y los Kinay, los espíritus hambrientos…? ¿Existían ellos también como proyecciones de su mente o eran espíritus reales desencarnados, perdidos en el mundo fenoménico  al estar nublada su mente por el humo del deseo? Atmah dedujo que era ésta última la hipótesis más acertada. ¿Cómo podría él distinguir las proyecciones de su mente de las de otras mentes? Aunque tal vez eso careciese de la menor importancia, ya que el resultado sería siempre el mismo. Atmah recordaba ahora lo que su sabio maestro le dijo acerca de que todo lo que imaginamos existe de una u otra manera, pues aquello que no existe no puede ser imaginado y, por tanto, él no podía morir, pues el vacío no puede dañar al vacío.

¿Pero cómo podían los espíritus hambrientos dejarse arrastrar por el cuerpo de deseos sin la menor luz interior que los impulse a recobrar su camino por las Seis Luces y a través de los Seis Planos de Existencia? ¿Fueron acaso esos seres del Mundo exterior, en vida, tan débiles y depravados que desconocían las más básicas enseñanzas que en la Paradesa son ya aprendidas hasta por los niños más jóvenes? 

Al decir esto, Atmah recordó el Mantra infantil que él mismo había repetido tantas veces en su niñez:

<< Cuando por la fuerza de mis tendencias ilusorias voy errante por el mundo fenoménico, que el luminoso camino del abandono del miedo, el temor y el terror, pueda hacer que los bienaventurados, las energías de la paz y de la cólera me guíen. Y que las diosas de la cólera, Reinas del Espacio, puedan ayudarme a cruzar el peligroso camino del Estado de Transición>>.

 

Atmah recordaba ahora las terribles tradiciones que hablaban del  Mundo Exterior, también conocido como Gahana, el mundo anárquico e inarmónico, la temible civilización de los malos espíritus y de los hombres sombríos. En ella, las tinieblas se amontonan cada vez más, y desde todos los horizontes el “cataclismo de los bárbaros” acosa sin tregua a esa civilización. Ella es la hija decadente de una madre, por el contrario, bella y pura, Gana

Gana, la Paradesa, madre de una noble raza de espíritus fieles a Aditi, la Naturaleza indivisible y primordial, es también la Gan-Isha, la Armonía del Organismo Universal, relacionada directamente con IshVa, el Rey y Señor de los ALHIM. Pero Gahana es la antípoda tenebrosa de Gana, su fiera hermanastra polarizada y subyugada por ShiVa, el Destructor, custodio de la humanidad decadente representada fielmente por el collar de cráneos humanos que ostenta en su cuello el terrible dios.

Un escalofrío recorrió la columna vertebral del asceta, justo cuando se daba cuenta de que las Tres Luces que brillaba sobre él continuaban levantándolo y alejándolo del horizonte de pesadilla en el que había estado sumido.  

 

Al elevarse por encima del paisaje, sostenido por la luz de las Tres Joyas, pudo comprobar cómo él realmente se encontraba en una especie de meseta rodeada por tres inmensos abismos: El Abismo Blanco de la Agresión, el Abismo Rojo de la Pasión y el Negro, o abismo de la Ignorancia. Y delante de cada uno de ellos un gigantesco ser guardaba su acceso. Al principio, Atmah creyó que seis gigantescas columnas circundaban la meseta, pero según continuaba elevándose, se hizo patente que dichas columnas no eran más que las piernas de tres fabulosos seres de anchos vientres y cortos cuellos. Aquellos terribles gigantes le miraban fijamente con ojos vidriosos, mientras que sus dientes se mordían el labio inferior con fiera expresión. En su mano izquierda sostenían un cráneo humano del que en un momento dado sacaron unos puñados de guijarros blancos y negros y se los mostraron a él. 

Atmah sabía  que se trataba de los Señores de la Muerte que contaban los aspectos malos y buenos de su Karma, y se los mostraban a él para que contemplase personalmente las consecuencias de sus acciones. En ese mismo instante él supo que los terribles Señores de la Muerte no eran, sino una forma mental más de los Grandes Señores Lipika, aquellos que llevan el registro de los acontecimientos que son escritos en la Luz Astral del Akasha y que en ese momento estaban equilibrando la balanza de su Karma

 

Como su maestro le dijera: 'El Vacío y la Luminosidad no son dos cosas separadas, pues la naturaleza del vacío es luminosa y la de la luminosidad es vacua. Siendo en su estado primordial la mente desnuda el Adi-Kaya  o cuerpo mental puro'. 

Los Grandes Señores Lipika, se transformaron esta vez, en tres gigantescos Dragones de la Sabiduría que ostentaban los símbolos universales de la Antigüedad del Conocimiento Sagrado y Secreto, contaron los guijarros de dos colores que mantenían en la cuenca de sus manos y después de evaluarlos en número y forma, se los lanzaron hacia él al unísono. Los guijarros que salieron despedidos de las garras de los gigantescos areópagos alados que actuaban como jueces inflexibles de sus anteriores actos, se desintegraron en el aire, aniquilándose los negros con los blancos, de forma que al haber mayor cantidad de éstos últimos que de los primeros, el remanente avanzó directamente hacia él. 

Lo que finalmente llegó hasta Atmah fue una suave lluvia de finísimos granos de arena luminosa que se absorbieron en su cuerpo astral dándole una fuerza vital nunca antes obtenida, formando así mismo, una radiación lumínica que envolvió su aura de un fulgor  imponente.

Atmah creyó haber alcanzado la Iluminación, al comprobar la intensidad de la fuerza vital de la que había sido investido. Se sintió con capacidad de atravesar el círculo No-Se-Pasa que los Lipika trazan en torno del Triángulo del Primer Uno, del Cubo del Segundo Uno y del Pentágono. Viniendo a ser el número PhI, la palabra o boca de IHOH,  El Grande.

Por un momento creyó haber llegado al día Sé-Con-Nosotros, en el cual la Mónada se une con todos sus cuerpos inferiores proyectados desde su centro en el inicio de los tiempos, para convertirse finalmente en un  Dhyân Chohan… 

Pero rápidamente se dio cuenta de que se trataba sólo de una prueba más. Si él utilizaba el poder que le concedía su propio Karma, en beneficio propio, sólo conseguiría consumirlo inútilmente y no en el cumplimiento de su Senda Interior.

 Atmah sintió entonces una punzada de humildad que lo atravesó en un doloroso pero feliz trance, transportándolo a un estado de meditación contemplativa en el que dio las gracias profundamente a su Ser Interior por guiar acertadamente sus pensamientos y también -¿por qué no?- a su querido Gûrû, por sus inapreciables consejos.

 

Los tres gigantescos Dragones de la Sabiduría en los que se habían convertido los Grandes Señores Lipika, exhalaron tres llamaradas del  fuego primordial que convergieron en Atmah, incendiando al instante su cuerpo astral.  De las llamas surgió la figura del Agni-Ham-Sa, o Cisne de Fuego, en el cual se transmuta el Kâla-Ham-Sa, o Cisne Negro, para que el espíritu penetre en las Tinieblas  Insondables y pueda descender hasta las mismas puertas del gran Abismo del Ahankâra.

Su nuevo cuerpo astral irradiaba un fulgor y una vitalidad exuberantes, con una intensidad que Atmah nunca imaginó poseer. Pero en lugar de sentirse orgulloso, eligió humildemente el desafío más acuciante que era su descenso al abismo negro o abismo de la Ignorancia. En ese momento se dio cuenta de que los gigantescos Dragones de la Sabiduría se habían desvanecido, dejándole el paso franco hacia el temible barranco. El joven Dwija descendió por el lóbrego abismo negro con una decisión y serenidad que no dejaban de sorprenderle. En su levitación hacia el fondo del cañón, la lluvia torrencial que antes había cesado, le acompañó de nuevo pertinazmente cual si formara parte del terrible paisaje. Al descender a derecha e izquierda del imponente y tenebroso cañón por el que sobrevolaba su luminosa figura, unos seres oscuros se acurrucaban en sus verticales laderas en precarias condiciones; la incesante lluvia deslizaba grandes torrentes de lodo que amenazaban constantemente con arrastrar a los seres oscuros y aterrorizados que vivían en unas condiciones inimaginables en las inestables paredes; desnudos y enloquecidos escarbaban en el fango buscando ocultarse de cualquier mirada indiscreta. 

De cuando en cuando en alguna precaria cornisa observaba escenas dantescas y obscenas basadas en los instintos más bajos y abyectos que él pudiera imaginar, los enloquecidos seres cometían por medio de rituales paganos e irracionales los más horrendos crímenes con sus semejantes. Ocasionalmente, un río de barro procedente del nivel superior arrastraba en su caída a grupos de estos seres hacia el fondo del barranco que se perdía en la más negra de las penumbras. 

Seres horribles se asesinaban y devoraban entre sí con un frenesí orgiástico que pondría los pelos de punta al Pundit mas avezado. Otros se entregaban a actos lascivos y depravados que realizaban de forma compulsiva, en la más negra de las ignorancias y con total inhibición de la más mínima racionalidad; era como si esos seres hubiesen descendido desde su condición humana hacia un estado más bajo aún que el de los animales. 

Pero lo realmente horrible comenzó al descender hacia lo más hondo del abismo, en este punto Atmah creyó percibir un río interminable de sustancia viscosa que fluía lentamente por el fondo del barranco; parecía como si el lodo que se desprendía de las alturas fluyese aquí transformado en una costra de espuma grisácea y sucia que tuviese vida propia. Al descender más aún, se veía claramente que dicha costra no era otra cosa que unos “seres gusano”, sumidos en el lecho de fango, pululando sobre la negra superficie como una masa informe que infectaba hasta el mórbido fango en el que se regodeaban. 

Esos “gusanos” eran en realidad seres humanos, o mejor dicho, lo fueron en alguna ocasión, lo poco de “humano” que quedaba aún en aquellos seres, mantenía sus apariencias en un cuerpo astral distorsionado y  a medio desintegrar. Algunos se dedicaban a despedazar a otros seres gusanos con una violencia inenarrable, otros se masturbaban compulsivamente al tiempo que se comían sus propios excrementos en un frenesí desaforado y desolador, mientras que otros, deformados sus cuerpos por substancias alucinógenas chillaban y gritaban enloquecidos al ser conscientes de la realidad mental en la que se hallaban.

 

Atmah sintió una profunda tristeza y una piedad sin límites. ¿Cuál sería el terrible sufrimiento espiritual de esos seres? ¿Qué tipo de sociedad podría existir en el Mundo Exterior para generar semejante aberración en las capas astrales?¿Cómo podían seres humanos cualquiera perder el control de su mente y sus pensamientos para crear el terrible infierno que se desplegaba ante sus ojos?. 

Lo más aterrador de todo es que Atmah descubrió que aquellos seres aún no estaban muertos en su cuerpo físico, sino que aquel inmenso infierno astral no era más que el estado de sueño en el que las proyecciones del cuerpo mental de esos seres se sumían cada noche. Verdaderamente, ellos estaban muertos en su cuerpo de luz, aunque su cuerpo físico y mental siguiesen funcionando. Ellos eran los  “hombres sin alma” del Mundo Exterior, aquellos de los que las tradiciones esotéricas hablaban y, que él mismo no creyó nunca que existieran en realidad. 

¿Cómo puede darse tamaño contrasentido? ¿Cómo pueden vivir físicamente seres de los cuales su energía vital se retiró hace tiempo…?     

Atmah recordó en ese momento lo que una vez le dijera su maestro:

<< El Alma, cuyo vehículo es la envoltura astral o etérico–sustancial, puede morir y, sin embargo, continuar el hombre viviendo en el plano físico. Esto es así, porque el alma puede liberarse del tabernáculo físico en el que habitaba y abandonarlo por diversas razones, tales como la locura, la depravación espiritual y física, el consumo de sustancias tóxicas o estupefacientes y otras causas similares. A muchos de los seres del mundo exterior  podríamos calificarlos como “hombres sin alma” o seres extremadamente densificados, que han perdido todo contacto con su ser interior.

También ocurre, que seres que avanzan en espiritualidad caen posteriormente en viles acciones con tal fuerza que pierden toda conexión con su guía interna. >>

 

Atmah se acordó en aquel instante de las estatuas demolidas en la sala del Agra-Sandhânî, que correspondían con los seres caídos. Y se preguntó si algún día él caería también y  terminaría sus días en el fondo del Abismo del Ahankâra… Se dijo a sí mismo –con todas sus fuerzas- que no, que él no podría nunca caer en semejante depravación y estulticia por muy desviado que estuviese…

 

eeeeeee

 

Hoy, sin embargo, Atmah no estaba tan seguro de aquella vehemente afirmación… Durante estos años en la fría caverna de piedra, se había enfrentado más de una vez con la peligrosa disfunción mental de la locura y la desesperación. Y a pesar de lo que anteriormente pensase, los resultados reales no habían sido lo suficientemente satisfactorios, como cabría esperar -y él lo sabía bien- de un iniciado del Anâgâmin, e instruido además, durante largos años, en las tres Sagradas Artes…

¡Y qué importa eso ahora…! ¿Porqué le doy tanta importancia a lo que se espera de mí y no a la tarea en sí misma? –se dijo en voz alta, alentándose con renovados bríos.

 

Además, si Lhamany me viera ahora, seguramente se moriría de risa –aunque según afirmaba el Deva, bastante convencido, los Lha no podían morir- y me castigaría con los certeros dardos de su sarcasmo; hasta conseguir que yo mismo me riese de mi propia estupidez…

¿Atmah se preguntó a sí mismo, cómo podía juzgar él entonces que seres sin la menor preparación espiritual y en las condiciones más aberrantes pudiesen caer en la terrible lacra de la locura?.

 

El aspirante a Pundit, sintió en ese mismo instante una infinita compasión por aquellos seres desahuciados, y sintió una terrible vergüenza, porque… en aquellos momentos de su viaje, a las puertas del Ahankâra, no hubiese valorado adecuadamente a aquellos seres con la objetividad que ahora era capaz de asumir.

Regresó de su concentración sintiendo una familiar rigidez en sus músculos. Lo que indicaba que había estado más de un día en el Sûtra de la meditación contemplativa, recopilando la energía radiante de todos sus queridos recuerdos. 

Atmah realizó algunos ejercicios desentumecedores y se dispuso a dar buena cuenta del acostumbrado refrigerio de cereales desecados y de su Té de hierbas, el cual, calentó al uso en la piedra magnetrónica que descansaba en su pobre cocina de campaña.

Al finalizar la colación se sintió tan cansado físicamente y con un desgaste mental tan acusado que decidió emprender un sueño reparador que le aportase las adecuadas energías regenerativas, mermadas durante su prolongada actividad contemplativa...

 

Es curioso como la adquisición del Prâna energético, aunque vigorizante para el espíritu,  puede desgastar tanto los aspectos físicos del ser -comentó para sí mismo mientras se acostaba en el inseparable camastro de tijera.

Esto – se dijo- debe ser debido a la acción de los Devoradores de los fuegos, que al disolver los conflictos consumen una energía física cuantiosa –pensó el asceta mientras descargaba su mente de otras preocupaciones más serias. 

Los Devoradores de los Fuegos  transmutan una inmensa cantidad de fricciones internas consumiéndolas y disolviéndolas en los fuegos fricativos para liberar por fin las energías espirituales retenidas, y así, felizmente los conflictos son resueltos... -¡Y el conflicto de Atmah tenía que ser de los gordos para encontrarse tan agotado…!!! 

Medio adormecido, se desperezó en su camastro de tela al tiempo que pensaba en una de sus primeras lecciones como Dwija en el Sagrado Colegio de la Ciencia:

<< El Fuego solamente es Uno, en el plano de la realidad Única y en el de la existencia manifestada y por lo tanto ilusoria. Sus partículas son vidas ígneas que viven y existen a expensas de cada una de las demás vidas que consumen. Por lo tanto, a esos fuegos y a esas vidas ígneas, se los llama los Devoradores. Cada cosa visible en este universo se halla constituida por semejantes “vidas”, y cuando los Devoradores han diferenciado los Átomos de Fuego  por un proceso peculiar de segmentación, éstos últimos se convierten en Gérmenes de Vida, los cuales se agregan de acuerdo con las leyes de la cohesión y de la afinidad… >>

 

Esto meditaba relajadamente el cansado adyta mientras que un sueño reparador le envolvía poco a poco en su acogedor abrazo …

 

 

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Publicación: Septiembre 2004. Última modificación: 16 de Febrero 2013.