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Él creía flotar a la deriva en ese extraño mundo bicolor y oscuro cuando, en el lúgubre corredor comenzaron a aparecer unas criaturas gigantescas y horribles que amenazaban con intentar atraparlo. Las criaturas semejaban insectos gigantescos de fiera y repugnante apariencia, enormes ciempiés y arañas de todos los aspectos pululaban en ese corredor trepando por las paredes y corriendo amenazantes en pos del cautivo flotante. Los Grock o elementales inferiores rodearon rápidamente a Atmah como si fueran a devorarlo, en una catarsis de fieras amenazas. 

[Sebastián Salado; Las 3 Cabezas del Elefante]

  EL LEÓN DE PLATA

  

   LA GRAN SALA DEL AGRA-SANDHÂNÎ (I)

 

 

3. LA GRAN SALA DEL AGRA-SANDHÂNΠ

( PARTE  I )

 

 

¡Cuanta razón había tenido su maestro entonces, al definir el Mal como la inmovilidad o estancamiento! Él llevaba ahora más de dos años en esa fría galería de piedra sin cumplir su objetivo y viendo que el fin del plazo se acercaba más cada día, incluso había vivido la experiencia de ver como el Mal se enseñoreaba de todo, dentro y fuera de él, durante ese tiempo. 

Atmah había percibido el Mal, no como una entidad abstracta, sino como algo que le impedía avanzar, algo que lo arrastraba al abismo con una fuerza jamás soñada por él, ni aún en sus más disparatados desvaríos. 

¡Que fútil le parecía ahora su viaje a las puertas del gran Abismo del Ahankâra durante la primera parte de la prueba del Anâgâmin, enfrentada cuando se sometía a la disciplina del aspirante a Pundit!.

¡Que ilusorio su protocolo de iniciación y su orgullo al creer que la prueba a la que se enfrentaba ahora mismo no era digna de él!

La única referencia clara ahora, en la soledad de ese corredor de fría roca, era el recuerdo del rostro del maestro, perfilándose aquella lejana tarde sobre el resplandor de plata líquida que reverberaba sobre las suaves olas del río GandHa, de aguas negras como el azabache como consecuencia del avanzado estado del cielo vespertino que se evidenciaba en el tono grisáceo que la luz del sol planetario interior comenzaba a irradiar desde arriba, en su eterno Zenith, justo en el centro del planeta. 

El efecto del oscurecimiento cíclico del sol planetario en su posición estática en el centro geométrico de la cavidad interna del astro, es consecuencia de la interacción del cono magnético de succión que el sol exterior crea sobre el sol interior en la cara opuesta al primero, más la marea gravitacional que la Luna o AïShaH, ejerce sobre el mismo.

 

Los cabellos del Gûrû, blancos como la nieve, flotaban en la ligera brisa del aire nocturno, rivalizando con el fulgor nacarado de unos cuantos jirones de nubes migratorias que procediendo del ecuador planetario se desplazan en su continuo  viaje hacia cada uno de los diez polos magnéticos interiores situados equidistantemente sobre los dos trópicos.

De repente, los ojos de su maestro que habían permanecido relajados en estado de interiorización (enfocados estrábicamente),  le enfocan directamente a él y a continuación su voz le sanciona mentalmente:

-         Atmah, hay que irse a dormir, pues mañana es tu gran día. El día de mañana es precisamente el fijado por los astrólogos como la fecha de tu gran prueba, el Anâgâmin, donde serás sometido a la Pequeña Muerte, como parte de las pruebas oficiales de aspirante a Pundit.

 

Aquella información repentina no produjo ningún sentimiento en él, al contrario de lo que había supuesto en sus elucubraciones sobre la gran prueba y de lo que él mismo, con impaciencia durante estos últimos años había esperado. Pero ahora, cumplido el plazo para el día señalado y en la víspera de su llegada, una extraña indiferencia inundaba todo su ser.

-    ¿ Gûrû, puedes aleccionarme acerca de lo que me espera en la prueba? 

-         Aún no ha llegado la media noche y puedo aleccionarte acerca de ella, -dijo su maestro con sosiego- pero a partir de ese momento, será la meditación y las sagradas artes tus consejeras.

Recuerda que, cuando el Archi Negro, el Mârshi o Príncipe de la Muerte, vele tus ojos en la cripta subterránea, tú nada deberás temer.

En el mismo momento en que el trance de la muerte se apodere de ti, deberás reconocer que todos los fenómenos que aparezcan bajo imágenes espeluznantes o beatíficas, así como los destellos de luz que puedas ver, no son más que los resplandores de tu propia mente. Te confundirás con las luces e imágenes y creerás alcanzar el estado de Iluminación. Pero... ¡Oh  Atmah! Veas lo que veas y por muy terrorífico que te parezca, reconócelo sólo como a tus propias proyecciones, la luminosidad y radiación natural de tu propia mente.

-         Sadhú, he oído decir que deberé enfrentarme a los feroces Herukas, los bebedores de sangre y a otras formas terroríficas como los Señores de la Muerte. ¿Qué son en realidad y de dónde proceden?

-         Las formas terroríficas de los Señores de la Muerte y otros, no poseen realidad en sí, únicamente surgen del juego de tu mente. Si entiendes esto, todo el miedo se disipa. En realidad, tu naturaleza es el Vacío. Por lo tanto no es necesario tener miedo de los Señores de la Muerte, pues sólo son tus propias alucinaciones. Tu cuerpo de deseos es un cuerpo de tendencias y vacío. Aparte de las alucinaciones personales, en realidad no existe nada fuera de uno mismo, ningún Señor de la Muerte, dios o demonio puede perturbarte, pues sólo estarás tú, en tus múltiples formas contemplando la Eterna Escena...

 

El tiempo llegó y ambos se separaron para dormir o meditar sobre la trascendental prueba que determina las capacidades del yoghi en la consecución del Hansa-Vâhara, vocablo que significa: ‘El que usa el Cisne como vehículo’. El Hansa-Vâhara es cumplido, en su cualidad de proyección o viaje astral a través de los planos sutiles, y realizado en el completo control del A-Ham-Sa, las tres palabras arcanas que significan: Él-es-Yo. En las cuales se haya contenido el misterio universal, la doctrina de la identidad de la esencia del hombre con la substancia divina.

 

Ante la imposibilidad de dormir, como su maestro le había aconsejado, Atmah decidió iniciar una meditación contemplativa acerca de los aspectos contrapuestos del viaje astral, como el producido en este caso por la Pequeña Muerte  o cese de toda actividad fisiológica en un cuerpo vivo por un período que normalmente no iba más allá de tres días ¡si todo marchaba bien!. Pues era perfectamente conocido el factor de riesgo que implicaba la prueba durante la fase del Kâla-Ham-Sa, o Cisne Negro, en la cual el espíritu penetra en las Tinieblas  Insondables para descender hasta las mismas puertas del gran Abismo del Ahankâra, en las cuales, el espíritu se asienta definitivamente en el Yo-Soy del Hamsa a través de la Sabiduría Divina o Sabiduría en las Tinieblas. 

Atmah se encomendó humildemente esa noche a la Gran Esencia Única, el Logos, que es representado con el nombre de siete vocales. 

Al aumentar la radiación solar que anunciaba el nuevo día, un Dwija de servicio penetró en su celda y le informó acerca del protocolo, la hora y el lugar de su ascesis. Sin pérdida de tiempo inició sus abluciones rituales y el afeitado de todos sus cabellos en el estricto protocolo que le serviría de relajante y a la vez de tonificante de sus funciones físicas vitales.

Atmah penetró en el inmenso Santuario Metropolitano del ciclo de Ram por un lugar desconocido para él, que le condujo directamente a unas escaleras de piedra labrada que descendían hasta las entrañas de la mismísima roca basáltica donde se erguía el grandioso y luminoso complejo del Santuario Central. Llegó a una inmensa sala de piedra acompañado tan solo por dos Dwijas menores que se le habían unido en la entrada y que le abandonaron en el mismo instante en que penetró en dicha sala.

Al instante reconoció el lugar, aunque nunca antes había estado en él, era la sala del Agra-Sandhânî, el registro en piedra que refleja el alma de los grandes seres que han conseguido el nivel de la tercera iniciación o superiores en este planeta y que con su sacrificio y entrega han ayudado a las humanidades del mismo en su camino ascensional, y por ese motivo han sido uno con el Samâna o  verbo creador del Logos planetario en su estado activo como Izvarâ, o la reflexión del primer Uno en el Universo de Ilusión.

 

Una gigantesca cúpula de piedra cubría una inmensa caverna artificial de forma circular, de dimensiones tan colosales que la propia vista no abarcaba todo el perímetro de la misma. Cubriendo el suelo de la caverna había una sucesión interminable de estatuas que se alineaban en toda su superficie en una secuencia que poseía cierto orden, aunque Atmah no lograba descifrar el misterio de su intrincada disposición. Allí estaban los grandes Epoptes de la Paradesa, los cuales habían guiado al hombre mortal a lo largo de los ciclos en su elevación hacia los Dhyân Chohans (los Hijos de la Llama y del Fuego, los Señores de la Meditación Mística o Jardineros del Espacio) y a su vez desde éstos al Eka o Uno Inescrutable.

Atmah descubrió entre las estatuas a una figura que se le acercaba. Una vez que ésta se situó a una distancia prudencial, él pudo identificarlo como su amado maestro, según se acercaba, Atmah constató que su aspecto era imponente, como imbuido en un ritual mágico que lo ensalzase a un estado de iluminación. Djul Nor vestía, en este sagrado ritual, una túnica naranja de ceremonias que ostentaba todos los grupos de letras mágicas que forman la gran ciencia del Aum

Ante él, Atmah se sentía desnudo con su torso descubierto y sus cabellos afeitados. Aún así, la gran veneración que sentía por su maestro lo hizo saludarlo juntando sus manos sobre la frente e inclinándose hasta que ésta tocó sus rodillas en una profunda y sentida reverencia. Djul Nor se giró en ese momento sobre sí y comenzó a seguir un curso aparentemente errático por las estatuas que en una engañosa anarquía se distribuían por la inmensa planicie abovedada.

Atmah pudo comprobar como su maestro seguía una secuencia genealógica muy precisa, que aunque algo vaga en un principio, posteriormente resultó ser la que él mismo reconoció como su propio árbol genealógico-astral. Mientras seguían su curso,  el joven asceta descubría aquí y allá algunas estatuas que no correspondían a las Razas pasadas o presentes de este planeta, sino que en varios casos sus cabezas cónicas o ahusadas les identificaban como Hermanos de las Estrellas, algunos de los cuales habían tenido una influencia muy significativa en el camino evolutivo del planeta. También en  alguna ocasión observó estatuas demolidas que le produjeron un escalofrío y una aprehensión tal que tenía que luchar decididamente por sobreponerse para no alterar su profunda concentración. Él sabía que dichas estatuas representaban a los Seres Caídos, aquellos que después de haber avanzado en el Shamut, se habían vuelto en contra de la Luz haciendo daño a sus semejantes. 

Atmah sabía que tal vez su efigie también figuraría algún día entre las estatuas que poblaban el sagrado recinto. Pues éstas habían sido y siguen siendo construidas por los Lipika, los sagrados seres que llevan el registro de los acontecimientos escritos en la Luz Astral del Akasha y manejan la balanza del Karma. Así, los Lipika separan el mundo del Espíritu Puro del de la Materia, aquellos que descienden y que ascienden, las Mónadas  que encarnan en formas humanas y los hombres que persisten luchando por la purificación y ascendiendo… para cruzar el círculo No-Se-Pasa en el día Se-Con-Nosotros.

Sin saber exactamente cuando, su maestro se detuvo delante de una comitiva de altos iniciados que estaban esperándolos en un orden hierático y ceremonial estricto. A  Atmah se le heló la sangre en las venas cuando se percató de quién era el primer gran iniciado. La imponente y terrorífica figura que destacaba entre la comitiva de altos iniciados fue inmediatamente identificada como el Mârshi, el Príncipe de la Muerte, el  Archi Negro, aquél que forma el Cero de los Arcanos y no pertenece al mundo de los vivos. Sumergidos en un silencio espectral, su maestro y él formaron la cabeza de una comitiva que se alejó atravesando rápidamente el mar de estatuas con rumbo ignoto.

El  Mârshi que estaba justo detrás de él, irradiaba un frío sepulcral a su alrededor que atenazaba por momentos el corazón de Atmah hasta hacerle sentir un pánico inimaginable. En un momento dado, el  Archi Negro comenzó a entonar una melodía abismal…

Cuando el Archi Negro comenzó el solfeo de los himnos teúrgicos de la raza blanca del Polo Norte, entonado según las veintidós letras del zodíaco de Neumas representando con absoluta precisión las vocales y los diptongos de la lengua secreta, una niebla brillante cubrió a la comitiva haciendo que desapareciera toda referencia a su alrededor. Pronto comenzó a percibir en su entorno inmediato, cómo en éste se materializaban unas paredes de roca basáltica inclinadas ligeramente hacia el techo, constituyendo un corredor de piedra que los condujo finalmente a una amplia cámara cuadrangular, la cual, formaba un cubo perfecto sin abertura o pasadizo alguno a excepción de aquél por el que ahora transitaban. En el interior de la cámara, y en el centro de la misma, un sarcófago de piedra permanecía abierto como esperando al ser que debería ocuparlo para su singular viaje. Un cambio en la declamación del Mantra ritual que el Mârshi no había dejado de entonar, le indicó a Atmah que su momento había llegado. Sin siquiera percibirlo comenzó a levitar, durante un período que le pareció increíblemente breve se encontró en el fondo del sarcófago al final de un vuelo sin imágenes ni recuerdos. En el mismo momento en que su cuerpo tocó el fondo de fría roca, todos los demás miembros de la comitiva comenzaron a vocalizar al unísono el Mantra sagrado:

 

- ¡HaMShiN NiShaMaH; SheMaM-La-Ha ROSh; ShaPhaN-NePheSh. !

 

Atmah vio como la tapa del sarcófago de piedra, que constituía una formidable pieza grabada de granito, se elevaba por los aires y se depositaba con una increíble suavidad sobre las junturas del sarcófago que él ocupaba. El ruido sordo de la piedra al encajarse en el marco le devolvió a la realidad rompiendo el embrujo casi hipnótico que le había embargado hasta entonces. Pero aún pudo oír con claridad la última parte del Mantra

 

- ¡Ha-KaBa-La; SheMaH-Hibor; SheMaM-La-Ha ROSh. !

 

Cuando la palabra “ROSh” fue pronunciada al unísono por todos los oficiantes, el Mârshi  golpeó  con el envés del  Toki Lípiko que portaba, la tapa del sarcófago, justo en la frente del rostro humano que representaban los grabados de la misma. El estampido que produjo el sonido en el interior del sarcófago hizo que el velo etérico del cuerpo astral de Atmah explotase en un millar de pedazos, al igual que el vidrio sometido a un cambio brusco de temperaturas.  Atmah pudo oír como si los miles de pequeños cristales que hubiesen estallado corrieran por el interior del sarcófago hasta que el rumor de éstos se desvaneció en el aire. 

En ese mismo momento, sintió que flotaba de forma ingrávida, y antes de que pudiese darse cuenta de lo ocurrido, una de las paredes del sarcófago se lo tragó. 

 

Atmah apareció en ese momento en un corredor de extraño aspecto que parecía enlosado con unas baldosas blancas y negras que cubrían paredes suelo y techo por completo. Se sentía flotar a la deriva en ese extraño mundo bicolor y oscuro cuando, en el lúgubre corredor comenzaron a aparecer unas criaturas gigantescas y horribles que amenazaban con intentar atraparlo. Las criaturas semejaban  insectos gigantescos de fiera y repugnante apariencia, enormes ciempiés y  arañas de todos los aspectos pululaban en ese corredor trepando por las paredes y corriendo  amenazantes en pos del cautivo flotante. Los Grock o elementales inferiores rodearon rápidamente a Atmah en una catarsis de fieras amenazas como si fueran a devorarlo. Pero  Atmah no se dejó amedrentar por aquellos seres que tantas veces viera en sus sueños infantiles y, tal como le dijo su maestro, los reconoció como proyecciones de su mente, así pues, se enfrentó directamente a las terribles bestias, y con voz clara les conminó:

-         ¡Que las Energías Divinas  que detentan el saber me escuchen, y que por su gran amor me conduzcan en el camino!¡Cuándo por mis fuertes tendencias voy errante en el mundo fenoménico, que en el luminoso camino de la Luz del Saber Innato, puedan las Energías Divinas Detentadoras del Saber y los Héroes guiarme!

 

Los Grock comenzaron a desaparecer uno a uno en el aire profiriendo unos bramidos aterradores, pues la energía del miedo que sustenta a esas formas mentales inconscientes les había sido arrebatada. Atmah quedó de nuevo solo en el extraño corredor, aunque no por mucho tiempo… 

Al principio fueron solo murmullos en el aire, voces de ultratumba que retumbaban con especial reverberación en las frías baldosas bicolores, agonía en el aire, sombras en las sombras... Poco a poco unos seres aterradores comenzaron a surgir por todas partes, de los suelos paredes y techos; los espectros hambrientos comenzaron a arremolinarse en su proximidad.

Atmah los reconoció como los Sheu y los Kinay, espíritus desencarnados, los espectros hambrientos... Los espectros de luz grisácea se amontonaban ahora a su alrededor amenazando con envolverle en su luz gélida y mortecina; su semblante no era fiero sino suplicante, con una fuerte emanación de apego y ruindad que llegó a ser asfixiante, como el hedor a moho y descomposición de los cuerpos muertos y abandonados hace tiempo por sus antiguos propietarios.

-         ¿Que queréis? –Se enfrentó Atmah valientemente. 

-         ¡Danos tu cuerpo físico! –Dijo uno. 

-         Se ve perfectamente en tu aura que aún tienes uno –Siseó un segundo.

-         ¡Dánoslo o lo tomaremos por la fuerza! -Amenazó un tercero.

-         Sufrimos mucho, porque vagamos por los Seis Reinos desde tiempo inmemorial buscando los placeres que dejamos en vida, pero ninguna de las puertas que abrimos nos conducen al mundo de los vivos. -Dijo otro. 

-         Estamos sufriendo, debemos buscar un cuerpo como sea,  apiádate de nosotros y danos el tuyo. – Y habló otro y después otro... Pronto todos hablaban al unísono y Atmah quedó aturdido.

-         Las Seis Luces de los Seis Planos de Existencia nos atemorizan  y no podemos penetrar en una matriz. ¡Danos tu cuerpo humano ahora!. 

-         Hemos intentado penetrar en nuestros antiguos cuerpos,  pero están inservibles, despedazados o corrompidos. ¡Danos el tuyo, pues aún esta vivo!.

 

En ese momento, todos los espíritus hambrientos se abalanzaron sobre él hundiéndole en un mar de nauseabunda y fría luz gris. Atmah se defendió desesperadamente para intentar ahuyentar el mar de espectros que le ahogaban irremisiblemente con su hedionda fetidez, sin poder recobrar su calma debido al asfixiante y arrollador empuje de los espíritus.

Allí permaneció luchando por zafarse de la perniciosa plaga durante un tiempo que a él le pareció una eternidad, cuando un sonido horrible llegó a sus oídos... 

Un trueno discordante unido a un chirrido infernal lo embargó todo; los espectros  huyeron despavoridos por el corredor ante la presencia de unos seres de aspecto aún más aterrador.  Atmah se levantó e impulsado por el frenético terror de los espíritus, corrió en pos de los espectros envuelto en su histeria y contagiado por un miedo irracional a lo que estaba entrando por el otro lado del corredor.

El horrible cortejo lo encabezaba la Dakini Roja, con un cuchillo en una mano y un cráneo lleno de sangre en la otra, danzaba haciendo el Mudra de Fascinación, pero sus gestos y posturas estaban envueltas en un terror diabólico y sobrenatural.

Después las Dakinis Azul y Amarilla danzaban a su paso con madejas de intestinos y otros órganos humanos recién arrancados, y aún sangrantes en sus manos. 

Detrás, un gigantesco aquelarre de Dakinis y Herukas que avanzaban llevando seis adornos de hueso y portando trompetas de fémures y tamboriles de cráneos humanos. Sobre la turbamulta, unos gigantescos estandartes confeccionados con piel y huesos humanos hacían más impresionante aún la tenebrosa comitiva; el poderoso sonido que hacían era aterrador, las Dakinis bailaban con distintos ritmos en una frenética y salvaje danza de muerte. 

De cuando en cuando algún espíritu quedaba paralizado por el terror y al ser capturado era decapitado y despellejado vivo en una siniestra carnicería. La cabeza de los desdichados era colocada en una pica y ésta al no poder morir otra vez, veía con ojos desorbitados el descuartizamiento de sus miembros y el desparramarse de sus vísceras.

Sin saber muy bien como ni cuándo, Atmah cayó de repente en el frío barro; el paisaje ahora, había cambiado bruscamente y él se encontraba en una desolada planicie embarrada sometida a un perenne  aguacero, el lúgubre corredor había desaparecido y ahora él veía a los espíritus enloquecidos correr en todas direcciones. 

Con la esperanza de que la siniestra comitiva hubiese desaparecido, giró su cabeza, sólo para comprobar que las terribles Dakinis bailaban a unos pasos de él. Ante  su sorpresa, encontró que su cuerpo estaba paralizado por el terror y no podía escapar, la terrible Dakini Roja le había apresado con un lazo de terror que había congelado sus tendones y músculos.

Cuando comprendió que su destino estaba zanjado en las terribles garras de las Dakinis, comenzó a abrirse su mente y recordó su entrenamiento en las sagradas artes, y sobre todo en la poderosa tantra, la práctica espiritual de la transmutación de la energía, en la que se enseñaba el control total de la mente. Atmah, como en un destello, repasó la enseñanza de los hierogramas tántricos en relación con las Dakinis  y acto seguido, recitó con voz firme los ancestrales conocimientos:

<< Del interior de la luz, el sonido natural de la Realidad, repercutirá como miles de truenos. Éste retumbará y resonará en medio de alaridos de guerra y el penetrante sonido de los Mantras amenazadores. No tengas miedo, no escapes, no te aterrorices. Reconócelos como las propias proyecciones de tu mente. No seas atraído por el tenue resplandor verdoso, no seas débil. Si eres atraído, caerás en el mundo de la ignorancia y experimentarás el enorme sufrimiento de la estupidez y la esclavitud de la que es muy difícil escapar, no seas atraído por él. Confía en la brillante y radiante Luz de Cinco Colores y concéntrate en las Energías Divinas Conquistadoras y Detentadoras del Saber. Piensa únicamente en esto: Las Energías Divinas que detentan el Saber, los Herukas y las Dakinis han venido a invitarte al Reino Puro del Espacio. >>

 

 

  

 

 

   

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Publicación: Septiembre 2004. Última modificación: 16 de Febrero 2013.