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Allá al fondo brillaba la Ciudad, la Paradesa, el Santuario Metropolitano del ciclo de Ram, Âgarttha, ¡la inalcanzable a la violencia!.
Durante su etérica travesía, Atmah observó con ansiedad sus cúpulas, los tres gigantescos espejos de energía Brill, y el Santuario Central donde habitara tiempo atrás el Brâhatmah.
Hoy la ciudad había comenzado su decaimiento en un suave letargo, desde que el ciclo de Ram terminase y un nuevo Manu rigiese los destinos del planeta, en una lejana ciudad, encarnando en el nuevo Rey del Mundo un nuevo Logos Planetario.

[Sebastián Salado; Las 3 Cabezas del Elefante]

  EL LEÓN DE PLATA

  

    EL REINO DE AMENTI (I)

 

 

4. EL REINO DE AMENTI 

( PARTE  I )

 

 

Atmah  se despertó al día siguiente con la conciencia de haber vivido un sueño renovador y profundo que le había devuelto la confianza plena y una visión mucho más profunda y serena de su realidad interior. Aún así, siguió dándole vueltas a la dura realidad del fracaso constante en la realización de la misión que a él le fuera encomendada expresamente por los Epoptes de la Paradesa

Allí estaban los grandes epoptai, los videntes de los misterios mayores, cuyo nombre significa: los que ven la realidad sin velo alguno; encargándole una aparentemente simple y trivial misión. Mientras que él, que sólo es un mystai, un vidente impuro, uno que ve las cosas envueltas en la niebla de la imperfección, habiéndose creído a sí mismo digno de mejores encomiendas, fracasaba ahora en esta “simple” misión.

De repente,  Atmah se acordó –como en un destello de luz- de lo que su maestro Djul Nor le contó en una ocasión:

<< Y el discípulo tuvo la buena fortuna de hallar un gran maestro en el sagrado país subterráneo y le preguntó… Maestro, ¿Entonces según tu experiencia todo es posible?

El instructor no solo afirmó con la cabeza, sino que se inclinó hasta tocar el suelo con su frente… >>.

 

Trató de despejarse y recodar el objetivo a cumplir, la misión que le había sido encomendada… 

Había estado intentado consultar durante  los últimos meses, en los archivos Akáshicos, el tema principal de su tarea. Todo ello, después de perfeccionar el desdoblamiento del cuerpo astral y realizar algunos viajes astrales limitados al plano etérico. No obstante, en el último momento siempre le había fallado la sincronización con el Akasha  y la misión había fracasado constantemente.

A pesar de ello, hoy se encontraba con unas fuerzas renovadas. Después de su ablución diaria, y sin dilación alguna, se concentró en la imagen de su maestro, icono que utilizaba como un poderoso talismán, porque siempre le devolvía la calma. A continuación visualizó su rostro y se esforzó en recordar retazos de su enseñanza…

Djul Nor también le había aleccionado en una ocasión acerca de las proyecciones astrales:

<<  Los desprendimientos del cuerpo sutil pueden ser de dos tipos:

Fluyendo desde los pies y deambulando erráticamente… O pasando a través de los centros nerviosos superiores para entonces cruzar instantáneamente los océanos astrales  y penetrar en las auras… >>

 

Pero insistentemente Atmah  lo había intentado; aunque lograba la proyección astral, fracasaba siempre en sincronizarse con los objetos en el mundo astral, por eso se esforzaba de nuevo en seguir recordando las útiles enseñanzas de su maestro, ahora tan necesarias…

<< Es necesario decir que únicamente el tesón y la ingeniosidad extraordinaria pueden impulsar al cuerpo etérico a concentrar el tacto sobre un objeto astral. Porque el espíritu trata de actuar sobre el entorno astral, pasando por alto el hecho de que los objetos, incluso los sutiles, pueden ser excelentes conductores de energías.

No es solamente el cuerpo astral el que actúa durante el contacto, sino, además, el cuerpo mental.  No debemos conceder, por tanto, valor a las acciones del cuerpo astral, por el contrario, hay que considerar de mayor importancia la consciencia del cuerpo mental.

Como irás descubriendo, Atmah, no es nada sencillo equilibrar adecuadamente esta fuerza... >>

 

 

El expectante Pundit no intentaba ahora forzar nada, un sentimiento cálido surgió de su centro cardíaco y él se dejó llevar por esa sensación de paz. Inmediatamente se dispuso a tumbarse, cuán largo era, sobre el frío suelo, se relajó, respiró pausadamente y  a continuación notó el tirón suave, un punto de vértigo y el inicio de una rotación lateral que enseguida equilibró con la consabida rutina aprendida por la práctica constante.

Sin apenas preámbulo, una vez fuera de su cuerpo físico, el asceta atravesó flotando el techo de piedra de la extensa galería subterránea en la que su forma física permanecía ahora abandonada. A continuación contempló el querido sol interior que brilla allí arriba, en el núcleo central del planeta. Su luz cálida lo llenaba todo permanentemente, como un faro solitario en medio de un cielo sin estrellas.

Algunas nubes errantes difractaban suavemente la luz lechosa en colores azules verdes y rosas.

 

Allá al fondo brillaba la Ciudad, la Paradesa, el Santuario Metropolitano del ciclo de Ram,  Âgarttha, ¡la inalcanzable a la violencia!.

Durante su etérica travesía, Atmah observó con ansiedad sus cúpulas, los tres gigantescos espejos de energía Brill, y el Santuario Central donde habitara tiempo atrás el Brâhatmah.

Hoy la ciudad había comenzado su decaimiento en un suave letargo, desde que el ciclo de Ram terminase y un nuevo Manu rigiese los destinos del planeta en una lejana ciudad, encarnando reiteradamente el  Logos Planetario en un nuevo Rey del Mundo.

En estos días de actividad febril en todo el ámbito del mundo interior planetario, otras ciudades situadas en los antípodas de la esfera intraterrena, regían los destinos del Mundo Interior, allá, justo detrás del sol interior, hacia el cual, el yoghi se dirigía ahora raudo como la mítica flecha del propio Ram.

Pero no podía entretenerse en la contemplación de su querida ciudad,  su actual misión le impedía expresamente visitar la ciudad hasta que su sagrado objetivo no fuese cumplido.

Presuroso, se dirigió directo al sol central, al núcleo del planeta que actuaba como una gigantesca puerta magnética adimensional.

Al penetrar en el fuego central, los Agnichaitans que esperaban pacientemente en la corona exterior le condujeron hacia la puerta adimensional adecuada para él, de acuerdo a su grado y a la categoría de su misión.

El justo equilibrio y la economía de la energía invertida en cada acción, es una ley básica en aquellos que controlan el Fuego de la Materia. Y en esta ocasión, ellos, los Agnichaitans, abrirían el omphalos magnético, para que éste, condujera al arhat (el santo solitario) hacia la dimensión asignada al cumplimiento de su ascesis.

 

Una gigantesca estructura de una apariencia similar a un prisma de cristal purísimo apareció ante él con una abrumadora multitud de caras refulgentes. La gigantesca forma giraba pausada y regularmente sobre su eje longitudinal. En medio de un espacio infinito y terriblemente vacío.

El arhat ya se había enfrentado a esta visión en otras ocasiones y, como sabía desde la primera vez, esa nívea estructura de amenazadora presencia se trataba de la proyección fenoménica del archivo Akáshico, el conjunto de los registros del desarrollo pasado, presente y futuro de todas aquellas partículas del cosmos que moran en el AEter.

Atmah, en esta ocasión, no se lanzó raudo hacia su superficie, sino que permaneció girando sincronizadamente con él, como si de un satélite tributario de la colosal estructura se tratase.

Recordó  los comentarios de su maestro acerca de la conductividad de los objetos astrales, aunque sin saber muy bien a qué se refería el término exactamente…

 

Lo que sí podía recordar ahora vivamente era el día en el que culminó su iniciación en el Shamut, después de la superación de la prueba de la pequeña muerte, en la que transmutó el Kâla-Ham-Sa por el Agni-Ham-Sa, abriéndose para él las puertas del Hansa-Vâhara

Atmah entonces, ungido como Dwija, se presentaba después de transcurridos tres meses ante el círculo menor de los Dwijarshi, dentro  del gran círculo de los 365 Bagwandas, para ser admitido como Pundit y recibir la prueba que dará comienzo a su primer ciclo iniciático.

Los tres Archis que presidían el hemiciclo vestían su ropa ceremonial, en la que se hallaban representados los siete nombres o hierogramas de los siete poderes celestes, los cuales refulgían con los brillos irisados del sol central. 

La música sonaba intensamente y un anillo de luz cósmica envolvía en ese solemne evento, al cuerpo espiritual del Âgarttha en un cromatismo de luz y sonido que parecía unir las formas y las apariencias de los dos mundos.

Cuando los Magos terminaron sus Mantras, la música cesó abruptamente y un nombre fue pronunciado en medio de un silencio abrumador.

Atmah, al escuchar la llamada, no dudó en introducirse en el círculo interior para recibir la Dorada Misión. 

El Archi que se encontraba frente a él, avanzó majestuosamente y se detuvo hierático, extendiendo sus manos sobre la cabeza del yoghi, tocando apenas los blancos cabellos que semiocultaban un rostro joven y lleno de expectación, el Archi pronunció entonces, vocalizando según los ritos arcanos, las palabras del ritual de consagración:

<< En nombre de los Siete Poderes Celestes, y por el deseo de Maat, sin la cual el mundo de las formas no podría existir, tu misión consistirá en resistir la atracción de la entropía creada por el caos, para lo cual en tu primer ciclo iniciático realizaras la sinopsis de los acontecimientos conocidos como el Cisma de Irshou y la Rebelión de Çakya-Mouni, las cuales documentarás  durante el tiempo estándar de tres años en la Gran Biblioteca del ciclo de Ram. >>

 

Al concluir el Archi mayor la revelación de la sagrada misión encomendada, Atmah  se inclinó respetuosamente ante él y caminó hacia atrás con las manos abiertas y cruzadas sobre el pecho. Sólo al salir del círculo, según el protocolo milenario, el arhat se girará y se dirigirá hacia la sala de meditación… pero… en esta solemne ocasión, pese a su voluntad, los ojos atónitos y empañados por la decepción de Atmah no pueden dejar de cruzarse con los de su maestro Djul Nor que también le está observando desde su puesto en el círculo interior de los Dwijarshi.

Con gran solemnidad, Atmah, se dirige a continuación, a la sala de meditación donde iniciará la preparación de su prueba. Al llegar a su celda y fuera de las miradas extrañas, el apesadumbrado Pundit casi se derrumba de desánimo.

 

Los acontecimientos y las palabras del Archi mayor casi le provocan nauseas retumbando en sus oídos:

¡Cómo puede ser! –se pregunta-. ¡El Cisma de Irshou y la Rebelión de Çakya-Mouni, ya eran temas clásicos hace miles de años…!¿Qué puedo aportar yo a un tema tan trillado como este? 

 

Él había esperado una misión más activa, más importante, más vital… Él había soñado con una misión importante, como la que, según le habían contado, su maestro  había afrontado en la prueba de ascenso al primer ciclo de Pundit y que constituía uno de los mayores temas de orgullo y admiración entre los jóvenes iniciados de su edad.

 

Aunque  su maestro Djul Nor nunca le refirió detalles de importancia acerca de su pasada misión, este tipo de viajes científicos y demiúrgicos son difíciles de ocultar cuando se realizan en grupo, y a un lugar tan misterioso y excitante  como el descenso secular al reino de Amenti.

Como cada año en una época cósmica determinada, bajo la dirección del Maharshi del Sagrado Colegio Mágico, los laureados de las más altas secciones bajan, en un viaje siempre diferente y sembrado de peligros, al Pâtâla, el imperio de Plutón, para renovar la alianza con el pueblo autóctono del magma central. El  Pâtâla es el abismo donde mora el fuego vital del planeta y la puerta del Sheol, el Hades o lugar donde se transmuta la muerte.

 

Como el Sagrado Colegio de la Ciencia enseña: El planeta, Ga-Aya SePher (las tres esferas engarzadas), está compuesto por tres esferas encajadas unas en las otras; dos sólidas en los exteriores y otra fluídrica entre ellas.

Las dos sólidas son concéntricas y están regidas por campos magnéticos diferentes, uno polarizado en el sol interior y otro polarizado en el sol exterior o sistémico.

El conjunto forma un maravilloso sistema doble, en el cual las dos esferas, la exterior y la interior, están unidas en la superficie de fricción entre la cara interna de una y la externa de la otra por un colchón magmático que se alimenta por el rozamiento de ambas simas continentales y por la gigantesca compresión de líneas magnéticas y eléctricas que se generan entre ambas esferas.

El resultado final es el de un gigantesco condensador electro-magnético en el que el magma es el electrolito sistémico.  

 

Según el Sagrado Colegio de las Razas,  existen pues tres razas humanas distintas que habitan los tres planos físicos del planeta: el interior, el exterior y la capa magmática.

De todas las expediciones científicas realizadas en la Paradesa, la más increíble, arriesgada y épica es la que se realiza al núcleo magmático planetario. Solo los iniciados más experimentados, fuertes y audaces son capaces de soportar las condiciones en las que ésta se desarrolla.  

Los altos iniciados, estrictamente seleccionados por el Maharshi para la anual peregrinación al Pâtâla, han de pasar unas rigurosísimas pruebas de selección que los acreditarán como exploradores científicos del mundo magmático. Su preparación es constante durante los meses preliminares al evento, sus cuerpos son tratados en el Sagrado Colegio de la Magia  hasta que su piel adquiere la dureza de la madera, así mismo, sus ojos, boca y demás aberturas fisiológicas son selladas mágicamente para permitirles soportar los gases ardientes y las extremas temperaturas que deberán afrontar durante la prueba iniciática.

 

El día señalado, ellos se introducen por una sima sin fondo en la que caen de forma controlada durante horas en constante tensión entre los limites físicos, psíquicos y demiúrgicos; los cuales no serán relajados en ningún momento durante las semanas o incluso meses que dura la expedición.

Una vez en el fondo hay que seguir bajando a través de bóvedas y pasadizos en extremo inclinados  que en último lugar conducen al magma central, al terrible incendio subplanetario que finalmente se abre ante los ojos de los arrojados exploradores.

Solo unos pocos han llegado hasta aquí, pues el Maharshi ha ido despidiendo paulatinamente a los que la mínima flaqueza ha sido apreciada en cualquiera de las tres artes: la yoghina, la tantra o la magia.

La razón es bien sencilla, sólo continuarán aquellos a los cuales la práctica de las artes y las ciencias secretas permiten respirar lo mínimo posible con los pulmones y sacar con otros órganos sutiles los elementos vitales que el aire posee en todos los ámbitos del planeta.

 

   

  

 

 

   

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Publicación: Septiembre 2004. Última modificación: 16 de Febrero 2013.