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El cosmos entero surge de un único aliento y por la Ley de la Simetría, el Absoluto sin Nombre transmite al universo el impulso para que todas las partículas realicen el ciclo evolutivo que les corresponde; la Simetría organiza a la materia de forma que refleje la esencia y los arquetipos por los cuales fue creada. La ruptura de la Simetría cósmica puede acarrear consecuencias imprevisibles; el Rouah o ciclo de la eternidad y el Nahash o tiempo en espiras que diferencia los secuenciales estados de la Luz y las Tinieblas, podrían desequilibrarse y, si la Luz no alcanzase su ciclo completo, el Rouah se detendría y la Luz dejaría de existir sumiendo al Universo en una noche sin tiempo.

[Sebastián Salado; Las 3 Cabezas del Elefante]

  LA CRUZ DE HIELO

  

      LA LUZ DE  Mihael (I)

 

 

7. LA LUZ DE  Mihael 

( PARTE  I )

 

 

Y los ciclos se cumplieron, y el tiempo llegó en que la efusión en la forma de una criatura humana, que fue rehusada por Ialdabaoth el ex-regente galáctico, debió de ser consumada.

La Ley del Sacrificio es imprescindible para la evolución del universo manifestado; dicha Ley siempre fue y será seguida por las grandes y pequeñas Entidades Cósmicas para vivificar y sustentar los universos de la materia. Durante las efusiones cíclicas de las entidades macrocósmicas en los mundos de su microcosmos relativo, el aura de éstas entidades, formada por la emanación de sus átomos, vivifica y eleva la vibración de la grosera vida material hacia el mundo espiritual. 

Al rehusar Ialdabaoth el cumplimiento de la Ley y negarse a entrar en los Rupas, sombras o imágenes de sus inferiores, para cumplir con sus tareas evolutivas; no solamente desatendió una de sus obligaciones para con los mundos creados por él, sino que inflingió un punto de inflexión peligroso en el flujo de la Energía Viva Ono-Zone,  que fluye siguiendo la estricta Ley de la Simetría entre el mundo manifestado y el inmaterial.

El cosmos entero surge de un único aliento  y por la Ley de la Simetría, el Absoluto sin Nombre transmite al universo el impulso para que todas las partículas realicen el ciclo evolutivo que les corresponde; la Simetría organiza a la materia de forma que refleje la esencia y los arquetipos por los cuales fue creada.

La ruptura de la Simetría cósmica puede acarrear consecuencias imprevisibles; el Rouah o ciclo de la eternidad y el Nahash o tiempo en espiras que diferencia los secuenciales estados de la Luz y las Tinieblas, podrían desequilibrarse y, si la Luz no alcanzase su ciclo completo, el Rouah se detendría y la Luz dejaría de existir sumiendo al Universo en una noche sin tiempo.

Es por esto, que Mihael, el Hijo Creador del universo local, tiene por tanto, que cumplir el círculo cósmico deshaciendo el núcleo inarmónico que de otro modo quedaría libre, debido a la falta de Ialdabaoth

 

Solamente los seres más elevados conocen los misterios de la Gran Dualidad en la que Ialdabaoth es presentado igual a Mihael, cuando se dice que Tselem, la Imagen, refleja igualmente a  Mihael y a Ialdabaoth

Ambos proceden de  Rouah, el Espíritu, Neshamah, el Alma y Nephesh, la Vida. Mihael es la Sabiduría Superior e Ialdabaoth es la Sabiduría Oculta. Pero ambas sabidurías divergen en un punto, pues mientras que Mihael es influido por Neshamah, el Alma, Ialdabaoth permanece no influido o estático; generando así, la inmovilidad en el movimiento pendular de la Luz Viva.

 

Mihael, el Hijo Creador, es el Gran Kumâra virgen. Él es el Guha, el Misterioso, el Jefe de los Siete Rishis de las Pléyades, es el espíritu que habita en Vishnú, el Vittoba hindú que padece en la cruz del universo material o Maya y en el que las marcas de su pasión son visibles y veneradas por sus adeptos. Él es Nârada, el que rehusando procrear conduce a los hombres para que se conviertan en Dioses, la Faz del Dios Oculto, el que carga sobre sus hombros el pecado del mundo para redimir la materia. Él es Sanat, el Anciano, el Príncipe del Khum, el Agua del Espacio. Él es el  Sanat Kumâra solar, el Jefe de los Siete Kumâra que conducen a este sistema solar en su camino ascendente. Él es finalmente, el Ophis, la Sabiduría Divina o Christos. 

Él carga sobre sus hombros las faltas y omisiones de sus criaturas y cubre los huecos en las filas de sus legiones, siendo el Primero, se muestra como el Último, como la más desvalida de sus criaturas. Él acepta con humildad lo que otros desprecian con suficiencia. 

Así el Macroprosopo no puede penetrar en el  Microprosopo, sino es a través de sus criaturas. La Fuente no llega al Mar sino es siguiendo el curso tempestuoso de los cauces, la Luz debe reflejarse en los espejos para penetrar en las más recónditas e insondables tinieblas…

Y así, el Regente Avatar del universo local se proyectó sobre la más excelsa Mónada solar, y ésta a su vez sobre el alma humana más desarrollada.

 

Jesús de Nazareth nació como encarnación directa del humano de superficie más evolucionado hasta el momento: Jeshu Ben Pandira. El hijo predilecto de Melki-Tsedek, el Brâhatmah, el representante vivo del Logos terrestre. Él es, además, el heredero por derecho propio del Hierofante de Tres Cabezas (Zarathushtra-Hermes-Abraham) y la encarnación viviente de la Ley de Moisés. 

Cuando una entidad macrocósmica excelsa como  Mihael debe de encarnar directamente en el microcosmos material y no a través de uno de sus cuerpos de acción, como se dio en éste planeta en Ishva-Ra, se tiene que producir un efecto conocido como transmutación Monádica, que consiste en la sustitución de la fuente energética de un cuerpo de luz y el cuerpo fenoménico de una Mónada a otra. Esta trasmutación se puede dar también en los Logoi planetarios e incluso entre los Logoi regentes de los universos locales.

En el momento en que una Mónada se retira, otra ingresa en los cuerpos de la personalidad, asumiendo el Karma material de los cuerpos aprehendidos para el cumplimiento de una tarea evolutiva mayor. Éstos cambios siempre deben de estar de acuerdo con las más altas leyes evolutivas y contar con la autorización de las Jerarquías pertinentes.    

 

En el caso de Jesús de Nazareth, la Mónada que controlaba su alma; es decir, la misma que dio vida a Jeshu Ben Pandira; cumplió su etapa de desarrollo en el cuerpo infantil de Jesús de Nazareth hasta la edad de doce años, en que ocurre el acontecimiento que queda reflejado en los evangelios, como el momento cuando Jesús se presenta en el Jerusalén y conversa con los doctores del templo, demostrando poseer una iluminación superior. En ese momento la Mónada de Sanat Kumâra, la entidad solar que encarnó milenios atrás en Krishna, se trasmutó en el cuerpo de luz y en el cuerpo fenoménico de Jesús de Nazareth.

Pero la auténtica transmutación macrocósmica no ocurrió hasta el momento cumbre del bautismo en el Jordán, cuando Jesús, por la intercesión de Juan el Bautista, es consagrado como el más humilde de los Hijos del Hombre. En ese preciso momento, el mayor evento producido en este universo, se cumplió con la materialización y la efusión en el mundo físico del Hijo Creador, precisamente, en una simple criatura humana en éste humilde planeta, convirtiendo a la Tierra, en el germen de lo que será en un futuro cercano, un Planeta Santuario.

 

Mihael  con toda su potestad tomó el cuerpo de luz de Sanat Kumâra, penetrando en el cuerpo fenoménico de Jesús de Nazareth y, fue en ese mismo instante, cuando el mensaje del Todopoderoso se escucho en todo el Orbe Terrenal y Galáctico:

<< Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco. >>

 

El mensaje trascendental que Jesús de Nazareth aportó a la humanidad es muy sencillo y a la vez terriblemente difícil de abarcar en toda su magnitud. Él continuó el mensaje que Krishna expresó muchos milenios antes: ‘La Revelación del Espíritu del Devenir’. Es decir, la unión de la consciencia material con el Yo Superior o Mónada, que cada ser debe de realizar por sí mismo en su interior.

Pero Cristo no solamente imprimió un mensaje, sino que impregnó el aura planetaria con la vibración superior del Alma Divina, el Espíritu Santo, el Rouah-Alhim, cuando éste se manifestó a través del sacrificio del Gólgota. Es precisamente el sacrificio del Gólgota el que guarda los misterios y las claves del proceso evolutivo actual.

Pero… ¿Quién mejor para explicar el Mensaje del Reino?, que el propio Jesús de Nazareth ante sus discípulos y el pueblo de Israel cuando dice:

<< Cristo no ha venido para abrogar la ley de Moisés, sino para cumplirla… >>.

 

O cuando dice: 

<< Ha llegado el tiempo en que el hombre encontrará el espíritu en su propio Yo; si él busca los reinos del cielo... >>.

 

La esencia de su mensaje, se basa en que lo Divino no solo irradia hacia nosotros, sino que la voluntad de las alturas debe penetrar en lo más profundo de la naturaleza del Yo humano, para transformarse en la voluntad real del propio Yo espiritual encarnada en la materia. La Mónada deberá hacer que los cuerpos materiales despierten a su auténtico ser. 

Cuando Cristo nos dice:

<< Yo Soy la Verdad y la Vida, Yo Soy la puerta abierta que ningún hombre puede llegar a cerrar… >>.

 

Nos hace partícipes de lo trascendental de su misión.

 

Cristo inaugura una nueva época, y así se lo hace ver a sus discípulos cuando les aleccionaba: 

<< A los antiguos se les decía que los reinos de los cielos  comunicaban determinados preceptos o reglas, pero, a partir de ahora “Yo Soy”, el Yo espiritual de cada uno, nos guía correcta e individualmente sin posibilidad de error, siempre que dejemos que el “Yo Soy” aflore dentro de nosotros… >>

 

Así, Él fue reconocido por sus propios discípulos como el Hijo del Hombre e Hijo del Dios Viviente, es decir: ‘El Alma consciente de su Yo Espiritual’ en toda su infinita grandeza.

Jesús, sintetiza todas las enseñanzas anteriores, pero consciente de la proximidad de los tiempos, urge la necesidad de la consecución espiritual. Él no proclama como Buddha:  

<< En este mundo hay sufrimiento y Yo os conduzco hacia fuera de este mundo… >>

 

Si no que urge vivamente: 

<< Arrepentios, no miréis atrás, sino hacia delante. Pues el tiempo será cumplido, y en el mundo en el que hay sufrimiento entrará el mundo celestial. >>

 

Él no promete una vía de liberación de la cruel realidad, en la que el Yo atrapado en el mundo fenoménico se debate, sino la lucha y el conflicto en el mundo material:

<< Yo he venido a echar fuego en la tierra, ¿ y qué he de querer sino que se encienda…? ¿Pensáis que he venido a traer la paz a la tierra? Os digo que no, sino la disensión… >>.

 

Él, no enseña ya los ciclos de las encarnaciones, ni los procesos iniciáticos hacia la Iluminación, ni siquiera la práctica de la Philosophia griega, como método de la Revelación. 

Todo eso, ya está superado en su mensaje, pues, el Yo Soy, el Espíritu Santo que existe en cada ser humano, se encarga del despertar interno. 

Cristo sólo predica un medio de salvación; pueril en su superficie, simple en su concepción e inapreciable en sus recónditos aspectos: ¡EL AMOR!!!.

El Amor es el gran motor, el impulso definitivo, el que hace moverse a los astros, el que los atrae, la causa primera del Verbo Creador, y la única fuerza capaz de elevar la materia hacia los mundos sutiles:

<< Amaos los unos a los otros y a Dios por sobre todas las cosas… >>.

 

Con este único arma, el Amor, y con su querido Ab-bâ, su padre celestial, por toda compañía salió a los caminos del mundo a predicar el Evangelio del Reino de los Cielos.

Obviamente ese mismo Evangelio supuso el peligro más acuciante para las  fuerzas involutivas y para la Fraternidad Oscura, pues predicaba su destrucción definitiva, en el próximo giro de la espiral evolutiva de la galaxia.

Ialdabaoth, y los seres que lo acompañaban en el plano de actividad en el que había sido confinado trabajaron desesperadamente para que  Mihael fracasase en su efusión material, y aplicaron todo su poder para atacar al Insigne Campeón de la Luz en su periplo por las tinieblas de la materia fenoménica. Pero la destrucción física de Cristo a manos de esos seres oscuros no impidió la consumación del misterio del Gólgota, sino que puso de manifiesto una vez más, la magnificencia del Ser Supremo y su infinito amor por todas y cada una de sus criaturas.

 

Cristo fue llevado a la cruz ante el desdén del pueblo que lo había aclamado días antes, ante la vergonzosa ausencia de sus discípulos, ante el odio feroz de los seres oscuros que intrigaron contra Él y ante la vergüenza infinita de una raza decadente y de un planeta desolado.

Pero Él en cambio, resucitando al tercer día en su cuerpo de gloria  bendice a este planeta y a esta raza, de una forma tan rotunda que ninguna duda ensombrece ya el futuro del mismo.

Mihael, es el magnífico sustituto de un huidizo y megalomaníaco Ialdabaoth, el cual era en realidad el auténtico Rey Profeta del que hablaba David, y al que esperaban con ansiedad los levitas. Y, por tanto, el perfil divido y humano del Cristo no se ajustaba adecuadamente a las expectativas de la humanidad de superficie que aguardaba al esperado Rey Profeta. 

De esta forma, ésta humanidad huérfana fue agasajada con el mejor y mayor regalo que un universo local pueda esperar: La visita personal e íntima de su máximo creador... 

 

La Fraternidad Oscura existe porque usufructúa los bienes universales que sin ser de su propiedad, son tomados impunemente a despecho de la Ley. 

El incumplimiento de la Ley por parte de los seres involutivos, les da a ellos una ventaja aparente sobre los que nos sometemos a las exigencias de la Ley Cósmica. Pero esa “ventaja” es únicamente temporal, pues la ley de la Simetría y la de la  Compensación no pueden ser burladas por ningún ser material o espiritual; así incluso por encima del mismísimo Hijo Creador  está el Padre Omnipotente.

El sublime  acto de Amor realizado por Mihael, al encarnar en puesto de Ialdabaoth implica que este último, está obligado asimismo, a partir de ese momento, a encarnar en este planeta con el cierre del ciclo. 

Según dicen las profecías: ‘El Cristo tendrá un Anti-Cristo, el mensaje de luz tendrá un anti-mensaje de tinieblas, el amor se tornará en odio, la humanidad será probada para separar el grano de la paja, y el planeta será finalmente liberado’.

 

Ésta es la razón principal de nuestro cometido y de nuestra presencia activa en el ámbito de este planeta: Asistir a nuestros hermanos terrestres en la transición planetaria en ciernes, y ayudar a que la luz penetre en el gigantesco mundo de tinieblas que las fuerzas involutivas junto con la alocada humanidad han tejido en los planos etérico-físico y astral de este planeta. Este manto oscuro hace que la humanidad actual cumpla el papel de rehén de las fuerzas involutivas, que la usarán como escudo kármico, contra el retorno simétrico de los actos infames que ellos realizaron e indujeron en unos humanos enloquecidos.

 

Como los cabalistas conocen, el 888 es el número asignado a Cristo, es su emblema y su bandera; y fue precisamente el 8 de Agosto del año terrestre 1988, cuando la suerte de este planeta y de la galaxia fue finalmente decidida. Fue cuando el Hijo Creador y Príncipe del Khum, se sentó definitivamente como Rey por derecho propio en el Trono del Universo, trono que hoy regenta en nombre de su Padre.

 

Nuestro comandante en jefe,  la entidad que conocíamos  como Sananda o Sanat Kumâra,  es  ahora Samâna, el cuerpo de acción actual del Rey Creador, el cual nos alienta en nuestra tarea y nos muestra el camino del sacrificio y de la entrega hacia nuestros hermanos más desfavorecidos.

La lucha es dura, pues la humanidad terrestre actual apenas puede mantenerse en pié; el nivel de involución y materialización alcanzado actualmente por ella es máximo. De hecho si esa humanidad, aún sigue existiendo es gracias al esfuerzo de la Fraternidad de la Luz y al re-equilibrio constante del eje planetario y de los contaminantes físicos y psíquicos que ella vierte sobre su atormentado planeta.

 

 

Aunque el impulso etérico de Cristo permaneció invariable en el aura planetaria, su mensaje pronto fue desvirtuado por sus discípulos y encerrado finalmente en “jaulas de oro” y “templos de mármol”.

Los discípulos de Jesús de Nazareth eran unos de los espíritus humanos más elevados de su época. En su anterior encarnación dieron muestras de un avance espiritual muy destacado. Los Doce, fueron durante el tiempo de Jesús, reencarnaciones de los siete hijos de la madre de los Macabeos y los cinco hijos de Matatías, que tal y como narra la Biblia, sufrieron martirio y muerte a manos del rey Antioco de Siria consiguiendo desarrollar los contactos de sus almas con la energía radiante del Espíritu.

Cuando Jesús los encontró, ya eran almas despiertas a las energías superiores del Espíritu, encarnados como pescadores y gentes sencillas que realizaban  sus labores cotidianas, pero que en su alma guardaban la energía y el calor necesarios para que arraigase con toda su potencia la  semilla del Espíritu.

Ellos adquieren con distintos niveles y capacidades el Mensaje del Reino y lo hacen suyo para difundirlo por el mundo con total entrega y la mayor de las voluntades. Y en cierta medida así lo hace la mayoría… Pero unos pocos, envueltos en un aura activista se arrogan el derecho de constituir una Iglesia de Cristo. Iglesia que el propio Cristo nunca creó. 

Simón Pedro, alteró “ligeramente” el sentido de las palabras de Cristo para que apareciese escrito en los evangelios “oficiales”, la “encomienda de la constitución” de una Iglesia de Cristo, cuya guía y mandato recaía sospechosamente sobre él mismo. Incluyendo, además, entre las prerrogativas de su “liderazgo” la “potestad” del perdón de los pecados, algo que el propio Cristo siempre atribuía a su Padre Celestial y a la Fe interna que movía al alma humana al arrepentimiento profundo de sus malas acciones.

Cristo nunca instituyó una Iglesia, y mucho menos dotó de poderes especiales a ninguno de sus discípulos, poderes que no fueran compartidos también por el resto de la humanidad. Pues el único “poder” que Él predicó, es la fuerza del Amor que cada una de sus criaturas pueda desarrollar en el fondo de sus propios corazones.       

Pedro, el hombre tosco y testarudo, que a duras penas entendía el mensaje de Cristo; se auto-invistió de un poder y una gloria que eran fruto únicamente de su capacidad de palabra y del fuego y la pasión con las que defendió lo que él creyó las enseñanzas de su maestro.

El Maestro le aconsejó en varias ocasiones:

<< No pongas tu confianza en el brazo de la carne, ni en las armas del metal. Fundamenta tu persona en los cimientos espirituales de las rocas eternas… >>

 

Que muy poco tienen que ver con las palabras que aparecen escritas en el evangelio de Mateo:

<< Bienaventurado tú, Simón… yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia >>.

 

Pero, concluyentemente, el ser que conformó y constituyo la Iglesia Católica, tal y como hoy en día se la conoce en la superficie terrestre, es precisamente un ser que no fue un discípulo elegido por Cristo: Pablo de Tarso.

Pablo de Tarso era un seguidor de Zadok, el que fuera alto sacerdote de Israel durante el reinado de David, y por lo tanto un Zadoquista o Saduceo que persiguió a los cristianos con una saña y una inquina difíciles de igualar incluso por los más extremistas miembros del Sanedrín. Según relata la Biblia, Pablo (Saulo) se convierte cuando, camino a Damasco para apresar y ejecutar cristianos, un supuesto Jesús  resucitado se le aparece dejándolo temporalmente ciego.

Pablo de Tarso pasaría, a partir de ese momento, a ser el que institucionaliza la Iglesia Católica, sus dogmas, su estructura y sus leyes. De hecho, él pone un gran énfasis en identificar a la comunidad cristiana con el templo de Dios, deduciendo de dicha identificación que el ‘Espíritu de Dios’ habita en ella, lo que le lleva a la idea de que la Shekinah del Señor (‘El Espíritu de Dios’ según el Sefer Jetzirah) a pasado del tempo de Jerusalén a la nueva Iglesia Católica. 

Pablo sabía lo que el Sefer Jetzirah enseñaba: 

<< La ‘Shekinah del Señor’ es la primera efulgencia o radiación en el cosmos del número Uno, que fructifica y despierta a la potencia dual, el número Dos (el cual es identificado con el elemento Aire), que a su vez se une al Tres (identificado con el elemento Agua) para producir el Cuatro(identificado con el elemento Éter o Fuego Cósmico), que representa al Hijo. >>

 

El cuaternario cabalista es pues el Celeste Andrógino, el Jah-Havah que se desdobla a su vez en Jehovah y en Adam-Kadmón en su dualidad de Dios-Hombre.

Por lo tanto, el Señor no puede ser otro, para Pablo, que el Nombre del Misterio, Jehovah (YHVH): Yod, el Padre; Hé, la Madre; Vau, el Hijo y la última Hé, el inicio por generación del un nuevo ciclo. El mismo “Señor” al que David y Salomón  consagraron el Templo de Jerusalén.

 

A partir de ese momento la figura de Cristo queda, dentro de “su propia iglesia”, encerrada y adaptada a los lujosos ornamentos de oro y piedras preciosas que, a remedo del Templo de Salomón, forman parte de las iglesias y catedrales de todo el orbe de la cristiandad.

De esta forma, el emblema del ‘Jehovah de David’ o Ildabaoth (YHVH), se yergue en el frontispicio de las catedrales e iglesias católicas que se elevan a modo de cárceles del espíritu Crístico; controlando y adulterando el contenido liberador de su mensaje bajo la figura vigilante de Jehovah, el ‘Dios celoso y vengador’.

Ialdabaoth, y su lugarteniente Ildabaoth, creen así haber neutralizado el inmenso acto de sacrificio realizado por  Mihael, teniendo asegurado el control de este humilde planeta, el cual les sirvió como estandarte del grupo de mundos que en aquella época controlaban. 

Y se regodean insensatamente de su supuesta victoria sobre la Luz; “pues el lobo ahora cuida a los corderos”.

 

Pero la Luz y la Sombra son sólo las dos caras del mismo ser, como siglos más tarde describirían los cabalistas en la mítica figura de Baphomet:

<< Binario verbum vitae morten et vitam equilibrans. >>

 

Baphomet es el lado oscuro de la Faz Divina, el guardián de las llaves del templo, el Dios negro que la tradición muestra con la barba y los cuernos del macho cabrío. Él es también un ser de dos caras y por eso, ni siquiera el propio Baphomet puede impedir que detrás de su rostro se oculte la figura jeroglífica de Dios, pues:

<< Demon est Deus Inversus. >>

 

Las Fuerzas Creadoras como entidades vivientes y conscientes, no confundirán nunca la Causa con el Efecto, ni admitirán al Espíritu de la Tierra, Jehovah, como Parabrahman o el eterno Ain Suph. Pues conocen que el gran Alma de la Luz Astral es de naturaleza divina, pero su cuerpo es infernal.

Baphomet, como representante de la Luz Astral, es mostrado, según aparece en el Zohar, en el símbolo de la Cabeza Mágica: La Doble Cara sobre la Doble Pirámide, el emblema que evidencia a la Pirámide Negra levantándose frente a un campo blanco con una cabeza que muestra su cara blanca sobre el negro triángulo, reflejo, éste último de la Pirámide Blanca invertida, de la cual, la negra es sólo su imagen, y es ésta a su vez, la que se muestra descubriendo la reflexión negra de la cara blanca sobre las oscuras aguas.  

Así, Jehovah pasó a ser una vez más: 

<< El lado oscuro de la Faz Divina, el Dios en cuyas manos son depositados los reinos, el poder y la gloria de los mundos. Los tronos e imperios, las dinastías de reyes, la caída de las naciones, el nacimiento de las iglesias, y los triunfos del tiempo. El que guarda la puerta del Templo del Rey y que, manteniéndose en el pórtico de Salomón, guarda las llaves del Santuario. >>

   

  

 

 

   

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Publicación: Septiembre 2004. Última modificación: 16 de Febrero 2013.