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La energía Brill es una energía armónica con las estrictas leyes que rigen a los Siete Hijos de Fohat, constituyendo los siete niveles de vibración energética de la materia manifestada, que van desde la rudimentaria electricidad química hasta la energía radiante pasando por el sonido y la luz. Sus niveles son comprendidos como vibraciones moleculares, inter-moleculares, atómicas, inter-atómicas, etéricas, inter-etéricas y un último nivel de radiación que marca el inicio de un nuevo ciclo y al que se denomina como vibraciones dimensionales. 

[Sebastián Salado; Las 3 Cabezas del Elefante]

  LA CRUZ DE HIELO

  

     LA HUELLA DE LOS Dhyân Chohans (II)

 

 

3. LA HUELLA DE LOS Dhyân Chohans 

( PARTE  II )

 

 

La energía reguladora de altas entidades procedentes de Mercurio, que precisamente coordinaban los aspectos técnicos de la re-encarnación de las consciencias humanas terrestres en los cuerpos evolutivos que se les había asignado, no fue suficiente para frenar la perniciosa atracción sexual que exacerbadamente obsesionaba a toda la raza.

En esta etapa, los cuerpos materiales de la nueva raza, no correspondían al estado evolutivo del planeta, sino a los arquetipos de “cuerpos puente” que servirían a la recién aparecida raza, para adaptarse a las circunstancias primitivas del planeta. 

Alrededor de las perfectamente delimitadas “ciudades guardería”, grandes dinosaurios, reptiles y primitivos mamíferos campaban por sus respetos en una exuberante jungla mesozoica. Aunque dentro de las “ciudades guardería” la vida se desarrollaba en un ambiente de paz y bienestar. La Tierra giraba entonces mucho más próxima al sol y en sentido inverso a como lo hace hoy. Los días eran muy cortos, con lo que los habitantes de estas ciudades vivían muchos años.

Realmente, la Primera y Segunda Razas Raíces habían sido una mezcolanza, entre gran parte de la antigua humanidad Lunar, aquellos que no pudieron alcanzar la evolución espiritual esperada en su ciclo y las Mónadas animales Lunares, que no habiendo podido completar su ciclo evolutivo, habían pasado al ciclo “humano” por no ser responsables de la aterradora catástrofe planetaria acaecida en la anterior ronda Lunar. 

Debido a ello, la discordante y frágil humanidad que heredó este planeta, se enfrentó a su destino en una difícil situación motivada, entre otras cosas, por la destrucción prematura de su planeta y a sus terribles consecuencias. 

La anterior humanidad Lunar debió permanecer un ciclo más en el sucesor planetario secuencial de la ronda, que era la Tierra. Así mismo, ellos convivían por otro lado, con los antiguos seres animales que ascendían al nivel humano desde el antiguo planeta Lunar. Ellos, aunque no habían participado activamente en la destrucción de éste, sí habían sufrido sus consecuencias en las múltiples carencias que una evolución truncada les había deparado.

 

Todo este conglomerado fue mezclado con remanentes de otras humanidades pertenecientes a éste y otros sistemas planetarios. Por lo que la actual Tierra se constituyó, desde el principio, en un “planeta laboratorio” en el que a través de un innumerable ciclo de transplantes genéticos, se pretendía conseguir una raza auténticamente evolucionada que pudiera propiciar una trayectoria cósmica armonizada para todos los seres que formaban su irregular cuerpo racial. 

En ésta nueva humanidad que era realmente un gran mosaico de seres de distintas evoluciones y trayectorias, pronto se destacaron individuos que crearon perturbaciones y trabas evolutivas, ya desde la Segunda Raza Raíz, la cual no llegó a manifestarse en los niveles concretos. Estos individuos, herederos de aquella humanidad Lunar que no consiguió evolucionar lo suficiente como para elevarse sobre los ciclos de re-encarnación; se constituyó durante la raza  Lemuriana en el núcleo generador de las fuerzas involutivas que posteriormente se unirían a la Fraternidad de las Tinieblas

 

La Jerarquía espiritual del planeta, por indicación del Gobierno Celeste Central, se distanció de esa raza de superficie asentándose en el interior del planeta, con el consiguiente aislacionismo y el bloqueo de conocimientos hacia el hombre de superficie, y sobre todo hacia los misterios sagrados que éste ambicionaba con evidente espíritu destructivo.

Las consecuencias de este aislamiento, para la humanidad de superficie, fueron nefastas para su evolución. Abandonados a su suerte, pronto fueron presa fácil de los seres oscuros que desde el primer momento controlaron esa raza. Estos entes malignos poseían conocimientos de control sobre ciertas leyes materiales, que fueron adquiridos durante su anterior evolución humana en la antigua Luna, y muy pronto fueron usados para controlar al resto de la humanidad, de más reciente estado evolutivo.

 

Aún así, durante el desarrollo de la Raza Lemuriana, hubo un período en el que una parte de la humanidad consiguió organizarse adecuadamente, emergiendo de las tinieblas y el estancamiento en el que se encontraban. Se formaron entonces ciertas comunidades estables, y un incierto y frágil equilibrio pudo llegar a instalarse en las ciudades guardería. Seres de otros planetas vecinos y de la propia jerarquía instruyeron entonces a los hombres lemures acerca de los secretos de la gravedad y sobre cierto control de la materia para que pudieran realizar construcciones concretas y una comunicación aérea entre las poblaciones naturalmente incomunicadas por la insondable jungla mesozoica.

Poco a poco comunidades energéticamente más depuradas fueron convirtiéndose en núcleos de armonía y evolución y en ciudades cosmopolitas en las que las naves extraterrestres y las naves levitacionales lemures surcaban juntas los aires en armonía. Un vestigio de éstas ciudades puede hoy en día encontrarse en las planicies de Nazca en el Perú actual y en la Gran Biblioteca Lítica de Lemuria, encontrada por los humanos de superficie actuales en Ocucaje, paraje muy cercano a Nazca y situado también en Perú, siendo conocida por ellos como “Las Piedras de Ica”.

La Hermandad Cósmica era reconocida entonces, y la cultura comenzó a impartirse de forma tímida y gradual en una raza que aún no tenía la mente desarrollada, y cuya primera prioridad la constituía el control de los impulsos fisiológicos de un cuerpo que a duras penas podían manejar. 

Gran parte de los sistemas automatizados y subconscientes de los cuerpos humanos actuales fueron asimilados en aquella época.

 

En un primer momento, mientras que el Tercer Ojo permanecía abierto, la Mónada realizó ciertas tareas de control e influencia en la mente intuitiva de los primeros Lemures, pero al irse densificando el planeta, la carne fue obstruyendo los conductos sutiles que mantenían la frágil conexión con los cuerpos superiores de la Humanidad Lemuriana. La mente inferior fue ganando la partida a la Mónada y ésta pasó a recibir toda clase de influencias, las cuales culminaron en la raza Atlante con el distanciamiento de la mente concreta.  

No obstante las fuerzas involutivas continuaron con su tarea perturbadora y pronto consiguieron que la Raza Lemuriana se desentendiera de sus autenticas tareas evolutivas para dedicarse a los placeres físicos y corporales que terminaron creando una sociedad de consumo en la que todo estaba dirigido a aumentar la duración de la vida y su disfrute.

 

Pronto, la energía disponible por medios evolutivos no fue suficiente, y la Hermandad Tenebrosa convenció a los representantes de la Raza Lemuriana para explotar la potencialidad del núcleo atómico, como ya antes, había sido experimentado por ellos con tan desastrosas consecuencias en su anterior planeta Lunar.

Ciertos secretos sobre las funciones corporales fueron también robados a los seres extraterrestres, siendo utilizados casi inmediatamente por algunos privilegiados para la prolongación artificial de sus vidas mediante interminables series de transplantes de órganos que procedían de otros congéneres suyos -no tan afortunados como sus dirigentes-.

Brujos y magos negros se alimentaron de la energía primordial emitida por el Centro Regente de Iberah contaminándola con oscuras artes heredadas de otras épocas, forzando con ellas, el control absoluto del resto de los pobladores del planeta que no tuvieron más valor entonces que el de meros esclavos bajo la infinita ambición y lujuria de una pequeña élite de tiranos, que representaba al núcleo más oscuro de la Hermandad de las Tinieblas en el planeta Tierra. 

 

Definitivamente, en éste período, la tentativa de formar una parte de la Jerarquía planetaria con seres provenientes de su superficie, fracasó estrepitosamente provocando el repliegue de la Jerarquía superior planetaria hacia planos más sutiles, abandonando por tanto, los contactos anteriores con los planos materiales. 

Finalmente, los seres que habían vivido en etapas lunares pretéritas se entregaron completamente a las fuerzas del mal…

Al igual que ocurriera en su antiguo y desdichado planeta, el núcleo atómico se cobró su cruel tributo, incluso sin necesidad de la amenaza de una guerra entre distintas facciones, cada vez más cercana. 

El propio proceso de reciclaje y reutilización de los materiales atómicos descompuestos para obtener la ansiada energía se volvió en contra suya, creando una contaminación  irreversible que desde el plano sutil se precipitó al plano material de una forma fulminante y sin previo aviso.

Sus máquinas dejaron de repente de funcionar, la contaminación acabó con millones de esos seres en cuestión de días,  y hasta el propio núcleo del planeta quedó afectado en su estructura magnética provocando un desplazamiento súbito del eje magnético terrestre, que causó cataclismos indescriptibles. De la noche a la mañana todo el planeta se sumió en un holocausto nuclear de proporciones descomunales. Cuando la radiación llegó a ser incontrolable, la Tierra cambió su clima, y los terremotos, maremotos y erupciones volcánicas realizaron un trabajo de limpieza a conciencia en el exterior del planeta.

Solo un pequeño grupo de lemures supervivientes encontró entonces una entrada al mundo interior planetario, por intercesión de ciertos seres que permanentemente vigilaban a la incipiente raza humana. Esos pocos individuos, constituyeron así, el núcleo primitivo de la humanidad intraterrena y el remanente humano que poblaría nuevamente el exterior del planeta en el nacimiento de una nueva raza, la Atlante.

 

Cuando el planeta se estabilizó en su exterior, gran parte de la humanidad rescatada que se había desarrollado, dentro de sus posibilidades, en el interior del planeta fue conducida hacia el exterior para poblar los vastos continentes que se conocieron como Kusha, la Atlántida y .

 

Grupos de sabios organizaron a los primeres seres que desde el interior de la Tierra hueca comenzaron a colonizar el exterior del planeta de nuevo, en la primera exteriorización de lo que sería la primera subraza de la Cuarta Raza, la Atlante.

Los sabios eran los Dhyânis de otros ciclos pretéritos del planeta Lunar, que se habían vuelto intelectuales por el contacto con la materia en los ciclos anteriores y en reencarnaciones de Rondas previas de éste planeta. El grado de inteligencia que habían alcanzado anteriormente les permitía ser entidades independientes y conscientes en este plano material, renaciendo sólo por los efectos Kármicos que tenían aún que equilibrar. Entraron en aquellos Rupas que estaban preparados, convirtiéndose en los Arhats, o Sabios Espirituales que guiaron los primeros pasos de la nueva  Raza Atlante en formación.    

Los sabios que estaban en todo momento comunicados sutilmente entre sí y con las jerarquías planetarias y sistémicas, guiaron el proceso de repoblación e instrucción de las nuevas generaciones.

 

Los Atlantes desarrollaron poderes mentales como la telepatía y la levitación, pudiendo mover grandes piezas con el poder de los Mantras que conjugaban las fuerzas del sonido y la palabra, aunque no fueron instruidos en ninguna ciencia tecnológica para evitar la repetición de los desmanes científicos de los Lemures.

Aún así, sus acciones tenían más fuerza que la de sus pensamientos, y al abusar de éstas técnicas iniciaron de nuevo el proceso de su auto-destrucción.

Nuevamente, poco a poco, las fuerzas involutivas conspiraron entre ellas para hacerse con el poder absoluto de la nueva raza en formación. Utilizando la magia negra extraída fraudulentamente del centro regente de Iberah, se erigieron a sí mismos como los intermediarios entre los humanos y la sabiduría recibida de las culturas intra y extra-planetarias. Estos nigromantes se congregaron en grupos de sacerdotes de poder absoluto que monopolizaron los conocimientos que los seres de otros planetas ofrecían libremente.

 

Durante largo tiempo la raza de los “superhombres” de la casta sacerdotal trabajó secretamente en la extinción de los Sabios, pues representaban el único punto de luz y la única referencia en el exterior del planeta. Finalmente consiguieron exterminarlos a todos mediante el desarrollo del arte de la guerra, contando con el beneplácito de una sociedad que ansiaba ávidamente el poder que los sacerdotes detentaban, al tiempo que, como marionetas, ellos eran manejados por las propias fuerzas oscuras a las que pretendían usurpar. 

Pero finalmente los “superhombres” conspiraron  entre sí, y entonces, las guerras fraticidas que hasta ese momento habían implicado a la gran masa de ciudadanos con  medios de poco alcance, se extendieron a la clase sacerdotal, implicando incluso a los mismos “superhombres” con sus terribles armas… 

Como reza en los antiguos escritos de la actual civilización terrestre, conocidos como ‘Los Vedas’, las luchas fueron atroces y muy desiguales:

 

<< Y el sabio Kapila desde su Agni-ratha, convirtió con su mirada, en una montaña de cenizas a los 60.000 hijos del Rey Sagara…. >>

 

Kapila, no fue sino el primer “superhombre”, que utilizó los poderes destructivos de la depravada energía que los Atlantes llamaban Mash-mak, que no es más que la antítesis o forma desvirtuada de la universal energía Brill o aspecto material de la omnipotente energía Ono-Zone.

 

Los Lemures habían desarrollado una tecnología de transmutación nuclear que aunque de origen Mercuriano, había sido pervertida con oscuros conocimientos provenientes de la memoria originaria del antiguo planeta Lunar. Dicha tecnología, que establecía el nivel de control energético en el Cuarto Hijo de Fohat o nivel de control de las vibraciones inter-atómicas, cuyo circuito de doble espiral de interacción atómica ha quedado reflejado en la memoria histórica terrestre con el símbolo del Caduceo de Mercurio, que representa al Elemento Eterno Único en la Naturaleza, de cuya primera diferenciación brotan periódicamente las raíces del Árbol de la Vida

El Caduceo de Mercurio guarda también un terrible secreto que los hijos de Lemuria, en su locura no supieron prever. Las dos cobras que se enroscan sobre el tronco del  Asvattha o Árbol de la Vida, están entrelazadas en un estrecho abrazo que comienza con las colas juntas sobre la tierra o Mundo Manifestado, y termina con las cabezas rampantes de las dos serpientes sobre las alas negras del Hansa o Cisne de la Vida. Pero las cobras…¡sólo se cruzan cuatro veces!!!

Este número secreto representa el ciclo de interacción de la materia manifestada en el curso de un Manvantara completo, y no puede ser sobrepasado, como inconscientemente los hijos de Lemuria intentaron hacer en la supuesta “interacción recursiva” o reutilización infinita de la transmutación atómica.

 

La transmutación atómica de ciclo Lemur, no tiene nada que ver con la triste, rudimentaria y grosera fisión atómica de la civilización terrestre actual, que no va más allá del “control”, si es que se le puede llamar así, del  Tercer Hijo de Fohat, o nivel de control de las vibraciones atómicas.

Este subproducto energético, que es únicamente efectivo para la destrucción, es la más clara muestra del retraso evolutivo de la actual Humanidad Terrestre, en su Quita Raza o Raza Aria

La actual Humanidad Terrestre al haber abusado sistemáticamente en las anteriores Razas de todos los conocimientos adquiridos, ha quedado reducida a una miseria intelectual y espiritual sin precedentes en esta Ronda del planeta Tierra.

Durante la Cuarta Raza, los Atlantes incluían en sus artes y ciencias las manifestaciones de los fenómenos asociados a los Cuatro Elementos, que asumió en dicha Raza un carácter formal. Ellos, utilizaban ‘El Lenguaje de los Dioses’ que consistía en dirigirse a éstos en su propia lengua figurativa, que estaba compuesta no por palabras, sino por sonidos, números y figuras, que acarreaban la reacción de las leyes y entidades asociados a ellos. 

 

Los gigantes seres Atlantes o mejor dicho los “superhombres” de la clase sacerdotal, habían avanzado más en el control energético, pues ellos se movían en el ámbito del control energético del Quinto Hijo de Fohat, el nivel de control de las vibraciones etéricas.  

La energía Brill es una energía armónica con las estrictas leyes que rigen a los Siete Hijos de Fohat, constituyendo los siete niveles de vibración energética de la materia manifestada, que van desde la rudimentaria electricidad química hasta la energía radiante pasando por el sonido y la luz. Sus niveles son comprendidos como vibraciones moleculares, inter-moleculares, atómicas, inter-atómicas, etéricas, inter-etéricas y un último nivel de radiación que marca el inicio de un nuevo ciclo y al que se denomina como  vibraciones dimensionales. 

La energía Brill no tiene, por tanto, nada en común con su hermanastra, la depravada energía Mash-mak de los Atlantes. Los “superhombres” de la clase sacerdotal Atlante, habían comprendido que el sonido, lo mismo que el olor, es una sustancia real que emana de un cuerpo, y que siendo producida por percusión, en el caso del sonido, genera la expulsión al exterior de corpúsculos absolutos de partículas interatómicas de materia que reducen la masa del cuerpo emisor.  La sustancia que es así diseminada es una parte de la masa agitada,  que si es mantenida en esta agitación pasa a través de la atmósfera a un punto elevado de vibración resonante del mismo nivel energético del cuerpo que le dio origen.

El sonido es pues el Verbo Creador que transmite la sustancia a través de los espacios dimensionales y, por eso, puede hacer también que la sustancia material se desintegre por impacto o trasmigración.  Éste fue el triste uso que los  “superhombres” de la Raza Atlante hicieron de ella.

 

Cierto día una enorme explosión ocurrió sobre la faz del planeta y lo desplazó de su órbita. Llamas rojizas atravesaron los cielos y el planeta se rodeó de humo. Finalmente el tumulto cesó, pero aparecieron luces surcando el cielo oscurecido, lo cual aterrorizó aún más a los pueblos supervivientes.

El continente Atlante que había surgido lentamente, a medida que el continente Lemuriano pasaba por fracturas geológicas, debido a los terremotos y erupciones volcánicas, comenzó su largo ciclo de destrucción que culminaría muchos miles de años después, con la desaparición en las aguas oceánicas de la isla conocida como Poseidonis por la actual cultura terrestre. 

Al igual que ocurriera con sus continentes, algunos remanentes de las Razas Lemuriana y Atlante, embrutecidos y con deformaciones genéticas permanecieron  en lugares remotos del mundo exterior Terrestre por largos y dilatados períodos, hasta su final extinción.

El primer “Diluvio Atlante” había sido desencadenado, provocando la primera época glaciar que conoció la Tercera Raza Raíz, que fue sólo el primero de una larga serie de ciclos geológicos que asolarían la faz de la tierra mientras que el eje terrestre se asentaba adecuadamente. 

Aunque sin llegar a exterminar completamente a los supervivientes, estos cataclismos se enseñorearon cíclicamente de la superficie exterior del planeta por un dilatado período, contribuyendo en gran medida al aislamiento y embrutecimiento de los pequeños grupos sobrevivientes. 

 

Todas las Razas tienen sus ciclos particulares que se superponen entre sí, mientras unas razas desaparecen, las nuevas van ocupando lentamente su lugar durante unos períodos de transición. Por ejemplo mientras que la Cuarta Subraza de los Atlantes se hallaba en su período de extinción, la Quinta Subraza Atlante se hallaba en su nacimiento, lo mismo ocurre actualmente con la Raza Aria que finaliza su Quinta Subraza, mientras que la Sexta se encuentra en formación, y ésta última dará a su vez nacimiento a la Sexta Raza Raíz.

En los albores de la Quinta Raza Raíz, o raza Aria, un elemento muy importante había de ser introducido. Las diversas cepas genéticas traídas de otros planetas que constituían la única base genética de las razas anteriores, debían mezclarse con la cepa genética originaria de este ciclo evolutivo del planeta Tierra, proveniente, ésta última, del reino animal. 

Con esa unión de las corrientes de vida planetarias y extraplanetarias se formaría la auténtica humanidad del planeta, la Quinta Raza Raíz, la cual podría ser considerada como la auténtica raza soberana del mismo.

Para lograr esa difícil misión, los Jardineros del Espacio habían estado controlando la evolución de algunos especimenes animales con potencialidad suficiente como para servir de base genética para el desarrollo de la Quinta Raza. En aquellos días, el primer grupo de simios que estaba casi listo recibió la visita del primer contingente de seres destacados en servicio permanente para ayudar en el vital paso evolutivo del planeta. El Príncipe Planetario y toda su corte se aprestó a tomar posesión de sus funciones tutelares en la Tierra.

 

En aquellos tiempos se acercó a la Tierra un planeta artificial proveniente del espacio extra sistémico, era Ra, la Esfera Arquitectónica, el planeta regente de los mundos del grupo de sistemas en el que se encontraba la Tierra.

Ra, se presentó con toda su gloria en su ronda planetaria por este apartado sistema y ayudó intensamente en la reordenación del planeta semidestruido. Así, durante largos períodos de tiempo aparecieron entre los humanos de superficie grandes seres dedicados a la instrucción de los pueblos como los conocidos tradicionalmente como Atahualpa, Viracocha, Isis, Osiris, Asura Mazdhâ, Asura Maya y otros. Este último, Asura Maya el Atlante, se distinguió en este planeta por ser el padre de la Astrología.

 

Asura Maya determinó la duración de todos los períodos geológicos y cósmicos pasados, así como la extensión de los ciclos futuros hasta el final de ésta Ronda Planetaria en la culminación de la Séptima Raza.

Definió así mismo el ciclo e influencias de las constelaciones y planetas en el ámbito terrestre y humano. Todos los templos y observatorios Astrológicos Atlantes han estado basados en las leyes, orientaciones y medidas que el astrónomo y mago Asura Maya promulgó en su época.

Los anales zodiacales Atlantes eran perfectos y estaban correlacionados con las posiciones e influencias estelares de aquel momento. Obviamente hoy en día están desactualizados, puesto que no se puede separar el estudio de las interrelaciones y las influencias de los cuerpos celestes del flujo de energías que tienen como sostén el trabajo de los espejos situados en los núcleos sutiles intraterrenos actuales. 

 

En la época Atlante, la Astrología era una ciencia únicamente dominada en las más altas iniciaciones y que era usada como guía y patrón de todas las actuaciones, desde las actividades de cura hasta las más altas transmutaciones planetarias. La civilización actual terrestre ha convertido hoy esa importante  ciencia antigua en una mera pantomima supersticiosa; porque el hombre se distanció de la fuente reveladora de realidades más amplias y se aferra hoy únicamente al ámbito psicológico. 

El ser humano actual no tiene en cuenta que en realidad las constelaciones no son meros cuerpos físicos, sino expresiones de grandes entidades que sirven de referencia para identificar los efectos de los arquetipos cósmicos sobre la consciencia del hombre y sobre la vida planetaria.  La influencia astral no se limita solo al cuerpo de la personalidad, sino también al alma, y en éste planeta incluso a la Mónada misma, pero el horóscopo de la personalidad, raramente coincide con el de los cuerpos superiores, que se equilibran con otros signos ardientes, configurando un intrincado y complicado entramado de influencias astrales que el hombre actual está muy lejos de comprender.  

 

Al final de la manifestación de la Cuarta Raza (Atlante), comenzaron a surgir las primeras subrazas de la Quinta Raza (Aria), que comenzaron a ser conducidas bajo el influjo de Shamballah, sustituyendo así, como centro regente a Iberah en la custodia planetaria.  

La situación no era nada fácil para la Jerarquía planetaria que debía cuidarse de la evolución genética de un planeta asolado por varios cataclismos, con remanentes aún vivos de las razas anteriores, junto a la inquietante sombra de una disputa aparentemente burocrática entre algunos seres pertenecientes a las altas jerarquías galácticas, que complicaba extrañamente la relación entre el recientemente nombrado Príncipe Planetario: Ahriman; y el  Logos Planetario  regente de este planeta. Para mayor gravedad, desgraciadamente, esta situación también afectaba a otros planetas del sistema solar.

 

Mientras se iniciaban los primeros esbozos de la primera subraza Aria, seres de elevada evolución conocidos posteriormente como los Asuras, encarnaban en las últimas subrazas Atlantes como los Ramoahal, los Tlavatli y los tristemente conocidos Toltecas que desarrollaron las semillas de una raza más intelectual pero a la vez más densamente física. Esta subraza Atlante, aún poseía cuerpos gigantescos de más de ocho metros de altura, duros como la madera y dotados de un sistema nervioso robusto, aunque de sensibilidad muy limitada. 

Varios de ellos se dirigieron hacia el norte, disminuyendo en estatura y cayendo en la barbarie, otros se mezclaron con remanentes Lemures, produciendo subrazas Lemuro-Atlantes claramente involutivas e incluso, cayendo en la animalidad produjeron razas intermedias de monstruos proto-humanos involutivos.

Los Atlantes de ésta y otras subrazas tomaron esposas entre los animales proto-humanos engendrando a su vez otros monstruos animalizados.

Estos monstruos desaparecieron o involucionaron hacia especies animales antropoides, aunque un pequeño número de ellas constituyó una huidiza forma de vida de pelo rojo que hablaba como sus antepasados y corrían sobre sus manos como sus gigantescas antepasadas  hembras. Estos seres han pasado a las leyendas actuales de la humanidad de superficie, como los hombres salvajes de las nieves y los bosques. 

Para colmo de males, ciertas Mónadas procedentes de la antigua especie animal  Lunar, no lo suficientemente desarrolladas aún, decidieron encarnar prematuramente en los animales proto-humanos, quedando atrapados en un limbo evolutivo entre el reino animal y humano.

 

Los Asuras y los reyes Atlantes intervinieron en esta peligrosa actividad generadora de un Karma nefasto para la Raza Atlante, esterilizando a los individuos que se atrevieron a realizar éste tipo de prácticas, para impedirles genéticamente, de nuevo, este tipo de uniones sexuales. Sin embargo, sus vástagos animalizados siguieron procreando sin restricciones.

Más terribles aún, serían para el Karma de la Raza Atlante los monstruos híbridos generados posteriormente por los Nigromantes Atlantes mediante  el uso de la magia negra, con la única finalidad de usarlos como carne de batalla en las innumerables guerras que antecedieron al final de la era Atlante.

Los nigromantes, usaron la magia negra para crear auténticos monstruos con el único fin de usarlos para la guerra. Ejecitos de Centauros y Minotauros fueron usados en sus crueles batallas. Ellos criaron a esos y otros monstruos antinaturales y les hicieron carnívoros y devoradores de carne humana. En sus ejércitos también se podían observar Dragones, que no eran más que antiguos dinosaurios alados, descendientes de aquellos que fueron amaestrados y usados por los Lemures en sus desplazamientos sobre la inexpugnable jungla mesozoica. Estos animales fueron también objeto de modificaciones genéticas mediante la magia negra y cruce con seres humanos.

Estos Centauros, Minotauros y otros seres deformes mitad animales y mitad hombres, crearon una marca funesta en la evolución Atlante retrasando en gran medida su desarrollo mental.

 

Con mucha dificultad, y en paralelo a la hecatombe de las razas proto-humanas, una nueva Raza iba siendo formada en niveles suprasfísicos a partir de individuos provenientes de la subraza Atlante Ramoahal y genes evolutivos de los  nuevos proto-humanos procedentes del planeta, aunque este proceso se realizaba sin transmisión genética directa.

La Cuarta Raza Raíz marca el punto de  inflexión de la curva descendiente humana desde la sutilización a la materialización. En dicho punto, los cuerpos humanos en densificación reciben un impulso hacia la reversión y se unen con la materia evolutiva animal del planeta en un cuerpo sintetizado, en el que se funden las dos corrientes evolutivas en la culminación del nuevo cuerpo humano físico denso, el cual, se desarrollará en la Quinta Raza Raíz (Aria), para fomentar por medio de su elevación evolutiva la transición del reino animal al humano en la siguientes Rondas Planetarias.

La Cuarta Raza Raíz se conforma pues como la raza primordial de la Segunda Racide, o conjunto de cuatro razas, en la que la Raza Fundamental es un punto de confluencia entre la evolución material y la evolución antimaterial, que en este caso culmina con la interacción entre el Espíritu y la Materia dando lugar a la Cognición o auto-consciencia humana.

Aunque en este planeta, el desarrollo mental previsto para la Cuarta Raza, tuvo que ser aplazado hasta la Quinta Raza Raíz, debido a los desvíos que la práctica de la magia negra acarreó a dicha Raza Atlante.

   

 

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Publicación: Septiembre 2004. Última modificación: 16 de Febrero 2013.