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El Cisma de Irshou
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Una inmensa masa de cientos de miles de personas avanzaba con los ojos desorbitados hacia el monte sagrado, el Monte Mérou. Como autómatas, avanzaban con la vista nublada por las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. La fuerza sobrenatural les impelía a ascender por la hoy terrorífica mole montañosa, sin posibilidad de apelación, pues su voluntad había quedado obnubilada por el terrible Mantra.

[Sebastián Salado; Las 3 Cabezas del Elefante]

  EL LEÓN DE PLATA

  

   EL CISMA DE IRSHOU

 

 

5. EL CISMA DE IRSHOU 

 

 

… Cuando Atmah  retornó del limbo de sus pensamientos, orbitando sobre la colosal estructura de cristal que había reconocido anteriormente como el archivo Akáshico, él se hallaba en rumbo de colisión directa con el objeto de Cristal Prístino. 

En su deambular rotacional, había caído en una espiral que lo iba  acercando, cada vez más rápida y peligrosamente a la cara del objeto en la que se había polarizado.

Consiguió detenerse a menos de un metro del objeto, con un esfuerzo mental más producto de la urgencia que de su supuesto autocontrol.

Sólo con extender una mano podría tocarlo. ¡Cosa que desde luego no haría!. Pues recordaba  demasiado bien experiencias anteriores, no precisamente muy agradables…

El objeto cuadrimensional había modificado sus proporciones ostensiblemente, cambiando desde el gigantesco prisma original a otro moderadamente grande, de unos 12 metros de alto por 6 metros de ancho.

 

Atmah  razonó que el objeto debía de haber disminuido gradualmente de tamaño, según él se iba acercando... ¡Ésta era la explicación lógica de su despiste! -pensó- ¡Qué costumbre tan molesta tienen estos objetos astrales de cambiar a capricho su forma y dimensiones…!

El objeto que tenía ante él, en su forma más pura y elevada, era en realidad una similitud del tótem de mil caras del que le había hablado hacía tiempo su maestro. 

El ahora no tan imponente prisma de cristal, se presentaba como un objeto de cuatro dimensiones en el que no se podían contar sus caras o aristas pues los aspectos “lógicos” de la cuarta dimensión escapan al cómputo racional. 

Atmah era consciente de que dicho objeto era en realidad un producto de su mente, el cuerpo del Akasha se le mostraba así, precisamente porque era la forma más elevada que él podía asimilar.

¡Un iniciado de mayor grado vería este objeto de forma distinta…! -se dijo a sí mismo-, al ser capaz de percibir un mayor número de dimensiones en él.

Por otro lado, como su maestro decía, el observador siempre condiciona al objeto de su observación. ¿Estaría el objeto ahora, condicionándolo a él tal y como rezaba la segunda parte del epígrafe…? -se preguntó con reticencia-. Este último descubrimiento, desde luego, no le causó la misma alegría que el primero…

Fijó a continuación su atención en el espejo que constituía la cara del prisma con el cual él giraba solidario y observó su reflejo. Pronto éste empezó a alargarse longitudinalmente y encogerse lateralmente quedando convertido en una estrecha línea vertical. Esta línea comenzó a moverse hacia la izquierda hasta que llegó a la arista del prisma, momento en que toda la cara comenzó a girar sobre esa arista como si de una charnela se tratase.

En este instante, Atmah se sorprendió al darse cuenta que todas las caras del prisma estaban girando también sobre sí mismas en sintonía con la primera. En un armónico movimiento, el prisma de luz se abrió lentamente como se abren los pétalos de una flor, las caras exteriores del luminoso cuerpo geométrico no giraban solas, sino que con ellas, un sinfín de espejos eran arrastrados detrás del primero, como si fuesen las hojas de infinidad de libros que abriéndose empezasen a girar sobre cada una de las aristas laterales del antiguo prisma.

 

La imagen general era como si una multitud de libros en posición vertical se abriesen lentamente a la vez que todos ellos continuaban girando sobre un eje común en el espacio sin límites.

 Atmah esta vez no se sobresaltó, sino que con cautela, se introdujo dentro del libro que estaba más próximo, las páginas le atravesaban, o mejor dicho, pasaban a través de él mostrando imágenes en movimiento.

Pronto descubrió que según él aceleraba o ralentizaba su movimiento con respecto a la rotación constante del libro, las imágenes que éste mostraba avanzaban o se alejaban cronológicamente en el tiempo.

Con un poco de práctica aprendió enseguida a centrar la acción en un espacio y tiempo específicos, con lo que la acción quedó localizada en el primero de los acontecimientos buscados, es decir, hace aproximadamente 4.500 años en el Âgarttha.

El espejo mostró una imagen que muy pronto dejó de ser de dos dimensiones, para convertirse en una escena real, en la que el observador podía situarse en el punto de vista deseado a voluntad.

 

La Ciudad, la Paradesa también conocida como Âgarttha, no parecía muy diferente a como es hoy en día en cuanto a la estructura metropolitana, con excepción de los tres gigantescos espejos de energía Brill, de construcción más reciente, todos los edificios aparecían en su mayor parte tal y como son ahora.

Solo un detalle lo cambiaba todo. El Santuario Central, en la época de referencia a la que se había transferido su cuerpo astral, estaba habitado por el Brâhatmah y la ciudad era en esa época el Centro Planetario Mayor. 

El trasiego de personas y la agitación de este Centro Planetario reinaban entre la gran masa de su población. Esa agitación, aunque siempre bajo control, llamaba poderosamente la atención del arhat visitante en su peregrinación astral a través del tiempo. El bullicio era extraordinario, comparado con la pacífica beatitud que marcaba hoy en día todos los acontecimientos de la vida diaria en la actual Paradesa. La ciudad que Atmah visitaba astralmente ahora, aunque idéntica en su apariencia exterior, distaba mucho del ambiente sosegado que él había conocido desde la niñez, si bien, la ciudad en la época en la que se situaba su observación, no había comenzado aún su decaimiento al estar el ciclo de Ram en su apogeo.

 

Atmah notaba cierta tensión en el ambiente, algo indefinido, impreciso… pero a la vez perfectamente tangible…

Los Âgartthianos vivían arraigados en sus tradiciones milenarias, las cuales mantenían una estructura piramidal jerarquizada que contenía al Supremo Colegio del Âgarttha en toda su extensión.

Dicho  Colegio estaba formado, en esta época,  por millones de Harappas que se ocupaban de las tareas subalternas, cientos de miles de Dwijas y Yoghis que se ocupaban de las artes y las ciencias 5.000 Pundits que se ocupaban de los altos estudios en las Escuelas  y los Sagrados Colegios, 365 Bagwandas o maestros Gûrû para la regencia de dichas instituciones, los 12 Archis sagrados, el Mahatma, el Mahanga y por fin el  Brâhatmah.

Toda esta jerarquía, excepto la de los Harappas, era ocupada por pruebas y exámenes rigurosos perfectamente reglamentados, ya que ningún puesto era vitalicio o heredado por nacimiento, pues todo ser nacido en la Paradesa era admitido en la sociedad como harappa, estado desde el cual iniciaba su ascensión por el Shamut, la Senda Sagrada.

Tampoco existía allí discriminación por sexo o raza, con lo que los aspirantes accedían desde los grados inferiores a los grados siguientes tras duros estudios y exhaustivas pruebas controladas con la más escrupulosa imparcialidad.

 

Atmah se dedicó a observar a los Harappas,  pues en su época de origen no existía esta clase social. Todo ser nacido era admitido en la sociedad contemporánea como yoghi, estando sujeto por fuerza a las pruebas y exámenes de su condición hasta el tercer ciclo. Los trabajos domésticos eran asumidos por toda la sociedad en conjunto, así desde el Brâhatmah hasta el último  yoghi, estaban obligados a cumplir ciertos trabajos domésticos y sociales asignados a cada uno y establecidos por la ley. Ésta había sido una de las consecuencias de los hechos que ahora él se aprestaba a discernir…

Atmah comprobó que en realidad existía un colectivo grande de habitantes que estaban, de hecho, fuera  del Supremo Colegio aunque en teoría formaban parte de él. Los Harappas  se dedicaban en buena medida a los trabajos más bajos y de servidumbre. Ellos, en su mayoría, no estaban interesados en la jerarquía ni en las pruebas y grados de ascensión en ésta.

 

A través de los siglos, un resquemor había surgido entre los Harappas  como consecuencia de su situación de dependencia de las clases superiores, puesto que todos los bienes eran administrados por los Dwijas y Yoghis, los cuales, se ocupaban de distribuirlos y organizar el trabajo bajo la supervisión de los Bagwandas, pues los Pundits habían sido liberados de toda responsabilidad material para dedicarse por entero a sus estudios.

Un buen día Irshou, un harappa  que se había enfrentado a las pruebas de aceptación como yoghi y había fracasado, comenzó una cruzada por la liberación del pueblo Harappa, oprimido –según él- por el tremendo peso de una burocracia inútil y despilfarradora que, según su doctrina, se dedicaba a sus juegos secretos y a la propagación de dogmas dudosos sobre la existencia de Dios y sus potencias, aunque, lo único que hacían en realidad era perpetuar su poder y su fausto.

Aunque Irshou había organizado a algunos seguidores en una campaña de desprestigio personal del Brâhatmah. Atmah pudo comprobar que su éxito fue casi nulo, pues la gran mayoría aceptaba las cosas como estaban.

Pero aquél año algo especial ocurrió, debido a una sequía prolongada y a unos extraños accidentes, los depósitos de suministro del agua dulce de la ciudad se agotaron y los trabajos de los Harappa se multiplicaron al tener que acarrear grandes cantidades de agua, desde los arroyos y pozos practicables al centro urbano. Debido principalmente a esto, las incomodidades propias de la caótica situación llegaron a crear un ambiente tenso y encrespado entre los Harappa.

En la Ciudad Sagrada, la Paradesa, la tecnología explícita de los artilugios proto-animados como las naves planetarias y sistémicas no era permitida, pues ‘El Rey del Mundo’ debe de vivir en íntimo contacto con las corrientes vivas de su planeta. Ésta situación agravó aún más las condiciones de trabajo de los Harappa al tener que usar sólo instrumentos discretos de levitación para realizar sus labores de trasporte de agua hasta los servicios de distribución. 

El inusitado esfuerzo físico, al que no estaban acostumbrados en una ciudad bien organizada como la capital del Âgarttha, fue aprovechado por Irshou para encender la mecha de la rebelión, alegando, que los trabajos de construcción de un nuevo conjunto de edificios del Sagrado Colegio Mágico, podían haber sido reemplazados por la construcción de unos nuevos depósitos.

Esta vez, la situación se descontroló y los Harappa se negaron a acarrear agua o realizar servicios para alguien que no fueran ellos mismos. El caos se apoderó del Âgarttha como nunca había ocurrido en su milenaria historia.

 

El Cisma se completó con la creación del Colegio Harappa, que se constituía a sí mismo, como el único órgano de poder y gobierno sobre esta casta.

Irshou, rápidamente, se había dado cuenta de la incapacidad de respuesta de la jerarquía del Âgarttha para sofocar o controlar la desbocada situación, pues la Ley les prohibía expresamente el uso de la violencia y, por supuesto, el uso de cualquiera de sus poderes con los seres menos adelantados en el Shamut

Entonces, ante la pasividad de los antiguos maestros y superiores, la consigna fue la de tomar todas las escuelas  y los sagrados colegios. Los antiguos servidores entraron entonces en las aulas y laboratorios expulsando por la fuerza a sus legítimos ocupantes.

Un objetivo muy especial de Irshou fue  el Sagrado Colegio de la Magia, en el cual, los Harappa enfebrecidos entraron en los laboratorios y observatorios apoderándose de todo instrumento mágico que pudieron confiscar. Casi de inmediato, comenzaron a practicar la magia negra, ayudándose para ello de ciertas formulas trastocadas, las cuales, aumentaron hasta los limites del paroxismo su incipiente superstición.

 

Atmah jamás hubiera pensado que un caos semejante podría haberse asentado alguna vez, de esta forma, en su amada ciudad. Comprobó con estupor el desconcierto de todos los miembros activos de la jerarquía, solamente el Brâhatmah se había propuesto hablar en repetidas ocasiones con los cabecillas de la rebelión, pero todos sus esfuerzos fueron en vano. Irshou se negaba a recibir a los representantes del sagrado pontífice y mucho menos a discutir en persona unos posibles acuerdos que hubieran solventado en gran medida el problema.

Durante varios meses emisarios y maestros trataron en vano de controlar el caos en las escuelas y las calles, en las que pronto las agresiones físicas sustituyeron a las palabras.

 

El día secular del Jaggrenat era la ocasión esperada por Irshou para asestar un golpe definitivo a la dignidad del Brâhatmah, ese día, el Brâhatmah se presenta al pueblo en la célebre procesión del mismo nombre. En ella, el sumo pontífice realiza un circuito ritual alrededor de la ciudad –según la tradición milenaria- iniciándolo y terminando en el Santuario Central. La celebración conmemora la Unión Cósmica, el Nicod Bilo ShOPh, el “punto en el infinito” representado en los hierogramas sagrados por el sempiterno punto en el interior de un círculo que personifica al macrocosmos y al microcosmos en armónica conjunción. 

Ese día Irshou había organizado diversos grupos de activistas a lo largo del recorrido con la idea de increpar y ultrajar al Brâhatmah en medio de su pueblo y a la vista de todos. Según su pensamiento, hasta ahora, el Brâhatmah no había hecho otra cosa que demostrar su debilidad intentando sofocar la rebelión por medios pacíficos.

Pero el día del Jaggrenat se presentó con augurios funestos, un cúmulo de nubes oscuras cubría todo el cielo sin dejar un solo claro por donde el sol central pudiera iluminar la penumbra. 

Las grandes trompetas ceremoniales sonaron y las puertas del Santuario Central se abrieron conforme al rito milenario. El  Brâhatmah apareció montado sobre el sagrado Elefante Blanco con toda la pompa y majestuosidad del evento. 

 

Muy pronto todos pudieron entender que algo extraño estaba ocurriendo, pues la tradicional doble corona procesional del Brâhatmah  había sido extrañamente transformada. La sagrada Pschent o corona doble no presentaba la misma forma de la que normalmente había sido usada en la milenaria tradición. El Brâhatmah  lucía en esta ocasión una Pschent muy diferente de la tradicional corona blanca con forma oblonga sobresaliendo sobre la corona roja y enmarcada con las siete diademas doradas incrustadas en ella, las cuales, representan las siete iniciaciones que el Regente Planetario debe cumplir para ostentar el trono trinitario de la Paradesa

El Brâhatmah  lucía excepcionalmente en ese día, rompiendo el protocolo milenario una Pschent bien distinta, la corona doble era de oro en lugar de blanco nacarado, y negro en lugar del tradicional color rojo-dorado el de la corona inferior. La mitra dorada no era de forma oblonga y con suave curvatura, sino que puntiaguda se elevaba amenazadora con dos pequeñas esferas a media altura, específicamente situadas para albergar los centros supraluminares del Brâhatmah

El tridente usual, el Shin tradicional que representa el Triloka, el gobierno de los Tres Mundos, era ahora el terrible Hamshin de cuatro puntas que representa los Cuatro estados de la Muerte y a los Cuatro Elementos.

 

El velo de diamantes que ocultaba  su rostro de las miradas indiscretas, tenía ese día unos reflejos extraños debido a la baja luminosidad, pero pronto comenzó a refulgir con una extraña luz que reflejaba mágicamente el rostro descarnado de la Muerte, en lugar de la faz sosegada del Sagrado Pontífice.

Era como si el mismísimo Ángel de la Muerte montase en el sagrado Elefante Blanco. Como si el terrible Ángel de Justicia surgiera de entre los muertos para equilibrar la balanza universal  del Karma que descansa en la mano del gran Lipika. 

Ante aquella terrible visión muchos comenzaron a gritar y corrieron a refugiarse en sus casas o salieron raudos de la ciudad por temor a los temibles efectos de sus actos. Otros, sin embargo, comprendieron las consecuencias del tremendo error cometido y se unieron, arrepentidos de corazón, a la comitiva.

 

Y así, entre gritos y rezos, la procesión completó el círculo a la ciudad, y se adentro en la inconmensurable plaza porticada del  Santuario Central. Una vez en el centro, el sagrado Elefante Blanco se levantó sobre sus cuartos traseros y con una agilidad envidiable, el Brâhatmah trepó hasta coronar erguido la cabeza del elefante.

En esta posición levantó hacia las nubes el Hamshin y comenzó a recitar un Mantra terrible:

 

            - ¡HaMShiN NiShaMaH; HORROH; ShaPhaN-NePheSh.!-

 

Un estallido atronador asoló la plaza porticada y cuatro rayos salieron del Hamshin hacia las nubes en los cuatro puntos cardinales. Los doce Archis sagrados que componían el segundo círculo repitieron a coro el Mantra y, uno a uno, los distintos grados de iniciados en los siguientes círculos concéntricos fueron repitiendo como una ola el mismo Mantra, el cual fue aumentando de poder en ordenada progresión hasta llegar al perímetro exterior.

Los cuatro rayos comenzaron a vibrar al unísono con el sonido sagrado y éstos se fueron extendiendo en relámpagos a través de las nubes. El estruendo de los relámpagos era ensordecedor y, culminando el ritual, poco a poco los relámpagos terminaron modulando el Mantra, de forma que éste adquirió una fuerza descomunal, como si los propios truenos lo pronunciasen desde todos los confines del planeta.

 

 

Atmah sobrecogido se elevó sobre el Santuario Central para observar la ciudad. Desde todos los rincones, una marea humana abandonaba sus casas o simplemente cambiaba su rumbo de huida para dirigirse hacia un punto lejano que les atraía con un poder sobrenatural.

Una inmensa masa se movía al unísono y cientos de miles de personas avanzaba con los ojos desorbitados hacia el monte sagrado, el Monte Mérou. Como autómatas, avanzaban con la vista nublada por las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Una fuerza sobrenatural les impelía a ascender por la terrorífica mole montañosa sin posibilidad de apelación, pues su voluntad había quedado obnubilada por el terrible Mantra.

El Monte Mérou presentaba un aspecto aterrador como jamás se hubiese visto. Su cumbre aparecía cubierta por una niebla negra y turbulenta que no reflejaba luz alguna. La gran masa de seres iba penetrando en la niebla y al momento desaparecían de la vista de Atmah, el cual, atónito observó durante horas la lúgubre peregrinación. 

Cuando el último ser desapareció en la niebla, él sintió el impulso de penetrar también en el interior de la misma para continuar su observación de los hechos y, sin pensárselo dos veces, así lo hizo.  Al principio no era capaz de discernir nada dentro de la negrura, pero, al momento vio como unas hojas de cristal atravesaban cadenciosamente su cuerpo en un movimiento rotatorio…

 

Se dio cuenta inmediatamente de que había sido expelido del libro en el que se había introducido al comienzo de su viaje al Âgarttha ancestral. Sabía, por los registros seculares y por las tradiciones, que el destino de aquellos seres había sido el destierro al mundo exterior del planeta. Ellos fueron enviados a un plano de existencia salvaje y cruel, al cual, de momento le estaba vedado el acceso. 

¡Sí, esa historia se tiene que contar en otro de estos libros…! –se dijo a sí mismo apesadumbrado-, pero sé que momentáneamente no tengo acceso a él, pues mi tarea no discurre hoy por ese derrotero, aunque ¿quién sabe?, quizás sólo de momento…

 

Atmah centró su atención en todo lo que había contemplado, en la terrible confusión de una impensable Paradesa,  en la actuación impotente de las supremas jerarquías del  Âgarttha. En resumen, él había observado la destrucción inusitada que el más mínimo asomo de caos puede acarrear a la Ardiente Ley. Pero, sobre todo, estaban esos miles de seres desterrados al mundo exterior… 

No podía dejar de pensar, por un lado, en esos seres de ojos alucinados que con un terror inconcebible ascendían contra su voluntad al Monte Mérou, y en el otro extremo, en los  “seres gusano” que se agitaban en el fondo del Abismo del Ahankâra… 

¿Podrían ser esos mismos individuos los eternos desterrados, los desgraciados seres que vivían inmersos, sin saberlo, en el efecto de la Gran Maldición y la Presencia Oscura…?

¿Qué responsabilidad adquiría pues, en todo esto, el mismísimo Âgarttha y los demás mundos…? Cuándo, para mantener su existencia  privilegiada requerían de purgas regulares que apartaban de su seno a una parte importante de su población para que el resto continuara en su beatífico mundo.

Atmah sintió en ese momento que en su alma se abría un profundo abismo que no podría ser fácilmente cerrado, mientras no encontrase respuestas a todos estos interrogantes.

 

Un fuerte malestar le avisó que llevaba demasiado tiempo fuera de su cuerpo físico, y que éste lo estaba reclamando con urgencia. Pero Atmah no había terminado su misión… y no quería dejar cabos sueltos. ¡No ahora que estaba tan cerca de conseguirlo…!

Se concentró de nuevo en el movimiento de las hojas del gigantesco libro, y se centró en el segundo objetivo de su  búsqueda. Pronto lo encontró, ubicándolo en una época posterior a la de su primera exploración, hacía ahora 3.000 años en Âgarttha.

La Ciudad se mantenía prácticamente igual que en los 1.500 años anteriores, justo cuando la primera epopeya había acontecido. 

Aunque socialmente sí se detectaban cambios importantes, pues los Harappas no existían ya como clase,  todo ser era admitido ahora en la sociedad como yoghi, en el primer grado de su ascensión, estando todos los demás grados y niveles jerárquicos obligados a cumplir ciertos trabajos domésticos y sociales, al igual que a una obligada ascesis. Así, no existía ya una clase de trabajadores o sirvientes que realizasen las tareas más bajas, sino que un sistema rotativo de turnos que comenzaba en el mismísimo Brâhatmah, cumplía las funciones auxiliares requeridas.

 

Según la tradición milenaria, había un lugar clave para encontrar al sujeto de su investigación, a Çakya-Mouni, y éste era el Sagrado Colegio de la Magia, en el cual, como Pundit se hallaba ocupado en los altos estudios de segundo ciclo en dicho Sagrado Colegio.

Pero el viajero astral no encontró al sujeto de su observación, aunque estuvo rastreando las aulas y las celdas no logró encontrarle en paradero alguno. Finalmente, encontró una cámara que en teoría debía pertenecerle aunque estaba vacía. Y ya estaba a punto de desistir de la segunda parte de su tarea, cuando se topó de repente con una comitiva compuesta por tres Bagwandas y seis Pundits, que se encaminaban a sus aposentos con paso apresurado, todos parecían venir de un largo viaje por el estado lamentable de sus ropas, pero había algo más flotando en el ambiente… normalmente estas expediciones siempre recalan primero en el Santuario Central donde realizan un acto de gracias y reciben los parabienes del Archi mayor encargado de los oficios. 

Definitivamente algo raro pasaba, pues además del incumplimiento de la obligada parada en el Santuario Central, no se habían dirigido la palabra entre ellos ni siquiera al despedirse. La charlatanería era una virtud muy poco valorada entre los adeptos, pero aquello era de todo punto inusual, algo grave pasaba y él estaba dispuesto a averiguarlo.

Espió a Çakya-Mouni en su celda, no sin un punto de mala conciencia, pero rápidamente olvidó sus escrúpulos al verlo rebuscar algo frenéticamente en un cofre que, al parecer, guardaba debajo del camastro. Por lo visto, el objeto de su búsqueda ya no se encontraba allí… 

Regresó en el tiempo sobre los pasos de la expedición, deseoso de obtener más datos acerca de  Çakya-Mouni y, de nuevo, se encontró con el Monte Mérou y su veto a traspasar su cumbre más allá del límite establecido. Pero lo que en realidad indicaba esto, era que el viaje había tenido como destino el misterioso Mundo Exterior.

Decidió entonces esperar en la celda de Çakya-Mouni a los días preliminares de su partida.

¡Esto de andar adelante y atrás en el tiempo empezaba a ser un poco confuso…! –se dijo a sí mismo, mientras se preocupaba seriamente acerca de cómo controlar los bucles en el tiempo, sin distorsionar su compresión sobre el orden secuencial de los acontecimientos.

Finalmente situó la acción dos días antes de la partida de Çakya-Mouni. En esa secuencia de acontecimientos pudo comprobar un hecho realmente extraño en un Pundit. Cada día, después de sus rutinarios estudios de Magia, ¡Çakya-Mouni se dedicaba a  escribir apuntes y notas acerca de los Mantras recitados y de las notas entonadas!

Aquello era algo excepcional, pues la ley prohibía expresamente la edición de libros o apuntes sobre las artes y las ciencias sagradas:

<< Ningún iniciado debe copiar o reproducir por escrito los hierogramas originales de sus estudios que se encuentran  grabados en bajorrelieve en las paredes de piedra de los laboratorios y salas de la Gran Biblioteca. Sólo la memoria debe conservar su imagen…>>

 

Çakya-Mouni atesoraba para sí, cada noche, docenas de hierogramas, textos de los Mantras recitados y de las notas entonadas, con una finalidad que era más que sospechosa, incluso para la parca experiencia de Atmah, quién, no terminaba de explicarse para qué querría un Pundit  todos esos apuntes cuando las bibliotecas y las salas estaban abiertas para todo el que lo necesitase en el cumplimiento de su misión… 

¡Ya está! -Se dijo Atmah golpeando con una mano su dura cabeza.

¡ Para todo el que lo necesitase en el cumplimiento de su misión…!!!

 

Ésta era la clave del asunto, sin una misión asignada no se tiene acceso a ningún medio. La Ley de la Necesidad es una de las leyes más repetidas y quizá más olvidadas de todas. Esta ley asegura que siempre se brinda lo necesario para el cumplimiento del plan evolutivo, pues la necesidad atrae los medios materiales para la expresión del espíritu.

¡De lo cual se deduce limpiamente que si no hay plan tampoco hay medios…! –razonó rápidamente.

¡…Y que si te provees de medios, sin duda tienes un plan, aunque presumiblemente bastante inconfesable!

Atmah decidió saltar entonces al momento de la llegada de la expedición.

¡Empieza a gustarme esto de ir adelante y atrás en el tiempo…! –se dijo nuevamente, con un poco más de entusiasmo y mucha menos precaución que antes. Çakya-Mouni

Decidió encerrarse entonces en su celda y realizar una serie de Mantras de los que aún recordaba la estructura grabada claramente en su memoria. Pretendía dar un escarmiento a sus “supuestos maestros”.

Por más que repitió los conjuros más arcanos y terribles nada ocurrió esa noche, era como si su celda estuviera sellada a cualquier influjo mágico, y que los Mantras que pronunciaba perdiesen la fuerza en el mismo momento que salían de sus labios. 

A la mañana siguiente Çakya-Mouni salió de su habitación y se dirigió sin un titubeo al Monte Mérou, esta vez, asumió por propia voluntad el destierro que él sabía, era el precio de su falta. Y desapareció en la cumbre del monte con rumbo al agreste y salvaje mundo, aquél que en el fondo de su corazón añoraba…

 

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Publicación: Septiembre 2004. Última modificación: 16 de Febrero 2013.